miércoles 27/1/21
EDITORIAL

La cruzada injusta contra la educación concertada

El debate podría comenzar y concluir con un solo aserto: la educación concertada es rentable, tanto en términos pedagógicos y académicos como económicos, para las familias y para el Estado. Punto. Pero el debate siempre permanece abierto, esencialmente porque, de manera cíclica, se articulan ofensivas para diezmar y hasta desmantelar un sistema que tiene enormes beneficios y con el que se ceba la Ley Celaá.

Es una realidad que, curso tras curso, son más los padres y madres que apuestan por un modelo basado en la calidad y la transmisión de valores para construir una sociedad mejor. Como lo es que, gracias a su existencia, esos mismos padres y madres pueden ejercer el derecho a la libertad de enseñanza, tal y como recoge la Constitución en su parte alta y cuasi-intocable.

Hay más de 3.000 centros de concertada donde se educa a más de millón y medio de alumnos, y en los que ejercen cerca de 150.000 trabajadores. La demanda crece sin parar, probablemente porque esos padres y esas madres piensan en la riqueza cultural y humana que se puede aportar, también, desde la concertada.

Pero es algo que no concierne únicamente a las familias como unidades de organización de la vida sino a la propia sociedad en su conjunto. Gracias a este modelo, se garantiza el pluralismo de ideas, como corresponde a una democracia; y se aviva la competencia y capacidad de mejora entre los propios colegios e institutos; y se favorece, en todos los planos, la diversidad; y el propio Estado puede ejercer su función no de subvencionador de empresas sino de personas, para que puedan ejercer sus derechos.

La Ley Celaá es, en muchas de las facetas que ya han sido expuestas y analizadas en ESTRELLA DIGITAL, un notable despropósito. No se puede penalizar a los modelos viables y justos. Al contrario: deberían servir como acicate e inspiración y ayudarnos, que es lo medular, a escapar corriendo de los zarpazos de la mediocridad en busca de la madurez y la excelencia.

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