sábado 19/6/21
EDITORIAL

Por un CNI libre de trampas y caudillismos

CNI (1)
Edificio del CNI

Se atribuye al canciller Konrad Adenauer, uno de los artífices de la reunificación, la advertencia expresa y directa según la cual “la política es demasiado importante como para dejársela a los políticos”. Y no la faltaba razón, especialmente si alguien que se distinguió por su experiencia y visión pretendía señalar a los hoy conocidos como políticos profesionales: aquellos que llegan a lo público no para servir sino para servirse, los que no disponían previamente de oficio ni beneficio, los que buscan -en todo caso y a la salida- la puerta giratoria, los que estorban y no ayudan…

Por desgracia, la reflexión del alemán viene al pelo en un país como el nuestro y en un momento como el actual en el que padecemos a tantos dirigentes entregados a medrar, a enredar, a apropiarse de lo que no les pertenece, a asumir competencias que no les corresponden… y así, un largo etcétera.

En modo alguno ha podido causar sorpresa que el Tribunal Constitucional haya anulado la inclusión del caído vicepresidente Iglesias y el omnipresente estratega Redondo en la denominada Comisión del CNI. Al contrario, era cuestión de tiempo, y desde luego de ganas (razones sobraban), que se decretase la ilegalidad de un movimiento obsceno y espurio.

La 'Casa de los Espías' ejerce, entre otras funciones, la de “máximo asesor” del poder ejecutivo en cuestiones de seguridad e inteligencia. Proporciona información, estudios y análisis al Gobierno y a su presidente que permitan prevenir y evitar peligros, amenazas o agresiones contra la independencia y la integridad de España. Esto es, más allá de que su uso se haya contaminado y prostituido durante la democracia, no se trata de una institución bajo cuya cobertura deban ajustarse cuentas políticas o partidistas impulsadas por irresponsables o mediocres sino que, como centro de operaciones sensibles, está al servicio del Estado.

Era una evidencia, y de ahí el clamor en la denuncia inicial, que la inclusión del tándem Iglesias-Redondo en la citada comisión en modo alguno guardaba relación con las medidas contra la pandemia a las que acompañaba. Y de ahí que ahora se vea si cabe con mayor nitidez que la figura jurídica del estado de alarma ha sido explotada gubernamentalmente para fines no sólo distintos sino opuestos, inadecuados, torcidos, que no casaban con los previstos en nuestro ordenamiento jurídico.

Y aún así, la extrema gravedad del caso no radica exclusivamente en la forma, esto es, en que el Gobierno haya promovido una ilegalidad como un piano afectando ésta a la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos de Inteligencia. Lo execrable es que, en el peor estilo bananero, se hayan pretendido introducir procedimientos -por la vía del nombramiento- que no derivaban sino en la institución del caudillismo y la trampa para el control de la información confidencial; no necesariamente teniendo origen chavista o bolivariano estas corruptelas (valga la redundancia), sino presentando un cariz autoritario y oscuro, radicalmente antidemocrático.

George Orwell, prescriptor insigne en la lucha contra el totalitarismo, alertó de la necesidad de vacunarnos de unos políticos que habían convertido la esfera pública en “una masa de mentiras, evasivas, tonterías, odio y esquizofrenia". Especialmente hoy y concretamente en España, deberíamos reflexionar sobre la vigencia de sus palabras. Sobre todo, si hay un ánimo real de cambiar el vigente y revuelto estado de cosas.

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