viernes 25/6/21

‘Caso Cifuentes’: por una Universidad sin trileros

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Ocurra lo que ocurra con la sentencia del ‘caso Cifuentes’, en términos legales, punitivos, de acuerdo con el criterio del tribunal, con toda seguridad lo peor de este expediente negro quedará sin juzgar. O, mejor, ya ha quedado.

            Resulta una paradoja afirmarlo, por la gravedad del planteamiento que encierra, pero lo más nauseabundo de esta historia trasciende de largo la comisión de un delito. Y no es un hecho menor la falsificación de un documento público, si en efecto se ha llevado a cabo de manera plenamente consciente, deliberada, voluntaria. Al contrario: es una circunstancia tan perseguible con el Código Penal en la mano como repugnante; más aún si la propicia un representante público, en las alturas o no. Peor todavía si ese representante público, tras enfrentarse a quienes le han votado y otorgado su confianza, les traiciona con la mentira, propalada ésta desde las instituciones.

            El dossier de la ex presidenta de la Comunidad de Madrid revela hasta qué punto el sistema universitario (especialmente en su área de posgrado), y no sólo en el caso de centros privados sino igualmente públicos, es un cesto lleno de manzanas podridas, que han ido contaminando sin freno a las sanas.

            Podrán buscarse los calificativos que se quiera, pero es obvio que en la educación superior, ni en España ni en ningún otro país que se considere desarrollado, deberían haber funcionado (¿funcionan aún?) chiringuitos desde los que se promueve no la excelencia ni el conocimiento sino el cambalache, la farsa, el trilerismo… para lo que, tristemente, se necesitan farsantes o trileros que se presten y, en ocasiones, se beneficien del penoso juego.

            Haciendo política ficción, y más allá de que Cifuentes pudiese haber contado con muchas y buenas papeletas para encaramarse al liderazgo del PP y quién sabe si para llegar a La Moncloa, este episodio -que bajo ningún concepto debería quedar impune- no puede volver a repetirse.

            No simplemente porque sea una deshonra para quienes lo han propiciado. No porque resulte ofensivo o vergonzoso para nuestra Universidad, que no puede ser una tómbola en la que se regalan títulos, a quienes no tienen ganas de abrir un libro, a cambio de nada.

            No puede volver a repetirse, entre otras incontestables razones, porque es una bofetada en la cara para los jóvenes que se preparan para ser algo en la vida; otra para sus familias que se dejan la piel para poder pagar unos estudios durante años y años; y una tercera para los profesores comprometidos y los alumnos aplicados que, en el ejercicio de su responsabilidad, sí hacen sus deberes. Sin trampas y sin corruptelas.

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