sábado 12/6/21

… y las cárceles se vaciaron de etarras

amurrio homenaje etarra

Los años corren inexorablemente, y la historia da pasos agigantados dejando atrás episodios que parecían interminables para inaugurar otros que vienen a sustituirlos (mejorando o empeorando los precedentes).

            El fin de ETA tuvo su propio guión, singular, inesperado, diferente al de cualquier otra organización terrorista de las denominadas de ‘tercera oleada’: el IRA o los grupos criminales que se movían en Europa principalmente -de extrema derecha o extrema izquierda- por motivaciones separatistas y antisistema.

            Es evidente que quedan centenares de casos por juzgar y ello debe ser una absoluta prioridad del Estado de Derecho, y específicamente de la Audiencia Nacional. No debe dejarse pasar una sola oportunidad, no hay un solo resquicio que no pueda tenerse en cuenta para conseguir que todos aquellos que han visto cómo sus familiares han sido muertos o heridos a manos de aquellos execrables pistoleros, tengan la única respuesta que de una democracia merecen.

            Pero, al mismo tiempo, hay que constatar que hay heridas que se van cerrando. Más allá de la muy discutible política de acercamientos a cárceles vascas emprendida indisimuladamente por Marlaska, hay prisiones que se van vaciando de asesinos, tras cumplir éstos su pena.

            Herrera de la Mancha, en Ciudad Real, que llegó a reunir la casi totalidad de los terroristas, unos trescientos internos, lo que permitía el férreo control de la ‘dirección’ de la banda en Francia, es un caso de libro. Con la salida reciente de Jon San Pedro Blanco a la de Dueñas, en Palencia, no queda entre sus paredes una sola de estas alimañas, que en su tiempo alcanzaron tanto poder que llegaron a negociar con el director del centro los menús de comidas semanalmente, una de tantísimas humillaciones que España ha tenido que padecer en la resolución de este sangriento frente, con tantos bastardos privilegios para quienes tenían las manos manchadas de pólvora.

            Tras la posición de poder de estas sanguijuelas en las cárceles se pasó a la necesaria y útil 'política de dispersión', y en pocos meses ésta será definitivamente desterrada mediante los acuerdos del gobierno de Sánchez con Bildu, que producirán los definitivos traslados y acercamientos al País Vasco y Navarra, tan dolorosos para tantas personas que siguen acudiendo al cementerio a ver a los suyos.

            Naturalmente. No hay mejor escenario, cuando incluso aún hay etarras fugados, que el de una organización mafiosa disuelta, con las armas -más o menos- entregadas, sin ningún tipo de actividad operativa. Pero una nación fuerte, y que crea en la memoria, la dignidad y la justicia para sus víctimas, debería medir cada uno de los pasos que institucionalmente diera en adelante. Entre otras razones, para no crear la terrorífica y miserable sensación de que, por alguna causa, ‘matar mereció la pena’.

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