viernes 4/12/20
EDITORIAL

Acabar con el control democrático genera alarma… y pavor

Uno de los rasgos que definen, como regla, a los políticos de nuestro tiempo y de nuestro país es que no sólo no arreglan los problemas que deben -lo que es su obligación- sino que añaden cada día nuevos y, en algunos casos, graves o muy graves; y esto es lo que dispara vez tras vez el desencanto de la ciudadanía con la cosa pública.

Un ejemplo de libro lo tenemos en la propuesta arbitraria, vacilona y temeraria del gobierno de no dejarse controlar parlamentariamente -o, al menos, intentarlo- durante el periodo decretado de estado de alarma, dure lo que dure éste.

Qué duda cabe que Sánchez y su gabinete aciertan en lo más básico: España necesita un marco jurídico estable para que las decisiones excepcionales que se vayan adoptando no generen dobles raseros entre Autonomías, no produzcan discriminación y no lleven al español de infantería, directamente al caos, al que por otra parte ya se va acercando en su día a día.

Pero una cosa es eso y otra bien distinta que, bajo ese paraguas de inmunidad del poder ejecutivo, todos cuantos actos lleve a cabo, todas cuantas medidas para la gestión de la pandemia saque adelante, carezcan de la vigilancia, del contrapeso, del control real y efectivo en la sede de la soberanía popular a través de los grupos parlamentarios de oposición.

El debate que se ha generado es gratuito y, al tiempo, demencial, por la sencilla razón de que ese escenario es inconcebible en democracia: significaría allanar el camino a un marco de excepcionalidad que PSOE y Podemos podrían ensanchar y dominar a su antojo incluyendo en él cuantas determinaciones se antojasen a socialistas y comunistas, ante la mirada o el sufrimiento del conjunto del país, inerme y sin respuesta. En definitiva, el autoritarismo.

La opinión pública no termina de acostumbrarse nunca a la improvisación y a las ocurrencias de nuestros dirigentes, porque la primera y las segundas no hacen sino debilitarnos como sociedad, amén de exasperarnos. Pero mucho menos se habitúa cuando algunas de las exóticas astracanadas que se presentan como concienzudos planes, y por supuesto benéficos éstos, no desembocan sino en la intolerable quiebra del Estado de derecho. Y por ahí somos mayoría los que ni pasamos ni pasaremos.

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