sábado 27/11/21

Está mucho más a la orden del día de lo que el común de los mortales podría figurarse. Las agresiones, las vejaciones, el trato humillante y denigrante a quienes, en el Estado de Derecho, hacen posible el ejercicio sagrado de la defensa: los abogados. Y esto, tanto dentro como fuera de los tribunales de justicia.

            Hace no tantos días, ingresaba en prisión el agresor machista que se cebó a golpes con el profesional que patrocinaba en el juicio a su mujer. Este cafre, que adujo enfermedad mental, había aceptado 50 días de trabajos y dos años de alejamiento por maltratar a su pareja; pero la violencia que tan cara (o no) le había salido no le resultaba, en apariencia, suficiente. Debía culminarla rematando al letrado que había cumplido, lisa y llanamente con su obligación. O, al menos, intentarlo en las calles de Oviedo.

            Más allá de la gravedad de los hechos, de la brutalidad de la propia agresión, del riesgo evidente y manifiesto de reiteración delictiva… está el propio sitio en el que queda la presencia del abogado y lo que representa, al que se le pidió perdón a través de una entrevista en televisión después de la serie de patadas (incluidas en la cabeza, con ensañamiento) y puñetazos que locamente le habían propinado.

            Resultaría un escándalo comentado y debatido durante días y días que a un juez se le hubiese hecho lo mismo, o a un profesor de Universidad, o incluso a un Guardia Civil. ¿Por qué? Por la sencilla razón, y casi única, de la autoridad que, en justicia, encarnan. ¿Por qué no es así en el caso de los abogados?

La sociedad española debería reflexionar pero, sobre todo, la clase política y el legislador, por fin, deberían actuar para, a través de las normas, otorgar a los letrados la posición como actores en el sistema jurídico que merecen, que es más elevada y, por consiguiente, debería estar dotada de mayor protección de la que hoy disponen. No sólo redundaría en una mejora en la calidad de nuestra democracia y su esencia sino que, probablemente, nos ahorraríamos episodios bárbaros como el acaecido, hace unos días, en plena calle y a plena luz del día. 

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