sábado 12/6/21

84 horas semanales: ¿dónde comienza la explotación?

estrés laboral trabajo

Parece mentira que, ahora que más y más firmas (no sólo grandes, también medianas, incluso pequeñas) se sienten comprometidas con políticas de responsabilidad social corporativa, más se tiene la sensación de que esas compañías actúan de puertas hacia dentro de manera distinta y aun opuesta a como pregonan de esas mismas puertas hacia fuera.

            No ha sorprendido del todo, pero no por eso deja de ser denunciable, que jóvenes empleados de la firma Ernest & Young en Barcelona hayan elevado la voz para pronunciarse contra las 84 horas de trabajo semanales que, por lo visto, se ven obligados a cumplir. Ellos, quienes las padecen, consideran estas condiciones laborales “indignantes, inaceptables, desbordantes e insostenibles”. Sin entrar en la letra pequeña, ¿les falta un ápice de razón a estos júnior?

            Que una de las primeras marcas de auditoría y consultoría en el mundo se vea situada en la diana de sus propios empleados la coloca entre lo paradójico y lo sonrojante. Entre otras razones, porque la demandada es una compañía que precisamente dedica buena parte de su actividad a detectar irregularidades e incluso ilegalidades en lo que hacen otras empresas: sus procedimientos, sus reglas de funcionamiento, sus métodos de trabajo, sus sistemas de recursos humanos…

            No vivimos tiempos precisamente de bonanza. Cualquiera puede entender, recurriendo al más elemental sentido común, que cuando hay falta de personal y recortes, aumentan los niveles de exigencia y se necesita por quienes conservan su empleo arrimar el hombro. Pero eso es una cosa, y otra llevar los cambios en el ecosistema de una oficina (sea in situ o teletrabajando) a estándares perfectamente equiparables a los de la explotación laboral.

            Que, además, ante las quejas se obtengan por la superioridad de esta firma respuestas del tipo “deberíais dar las gracias por tener trabajo” o “debemos ajustarnos el cinturón para no tener que proceder a reducciones de plantilla como otros competidores” es, en la más benévola de las conclusiones, insultante.

            Los abusos deberían ser perseguidos en toda circunstancia, sin excepciones. Más aún cuando se intentan justificar con excusas del tipo: hay abogados que están descontentos porque acusan su “cansancio emocional”; excusas que cabalgan entre lo deleznable y lo miserable.

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