Rafael Torres

Velas virtuales, Aznar real

Cuesta asimilar que las cosas que se están diciendo de Steve Jobs, el fundador de "Apple" recién fallecido, puedan decirse de un ser humano. Para los hagiógrafos y los panegiristas, Jobs era, si no enteramente divino, sí mitad y mitad, como los semidioses de la Mitología. O como Prometeo, el héroe especializado en robarle cosas de gran aparato a los dioses para dárselas a los hombres. O como Luis Candelas con los ricos y los pobres, pero infinitamente más a lo bestia. Se ha dicho de él, bien que en el marco de excesos de todo obituario, que transformó en mucho mejor el mundo que habitamos con sus máquinas y sus inventos, cuando lo cierto es que Steve Jobs, un hombre de talento ciertamente, se limitó a acertar con la quincalla tecnológica adecuada a la deriva de los tiempos.

Sea como fuere, a mí me dio muchísima pena ver cómo sus seguidores le ponían velas virtuales en los altarcillos improvisados, aquí y allá en su homenaje, pues la imagen simbolizaba muy bien la destrucción del trabajo y de los oficios que trajo la dictadura informática. ¿Y los cereros? Para mí, que Jobs, tan despierto como era, no tenía la menor idea de que las velas y los cirios de toda la vida los hacía alguien. Alguien seguramente con una familia que alimentar, alguien con gusto en hacer lo que hacía. Si la gente es ya incapaz de ir a la tienda y comprar una vela, bien que fabricada probablemente en China con sustancias indescifrables, para simbolizar en su llama el aprecio por el personaje muerto, es que la gente está muy mal, por muy gracioso que le pueda parecer lo de la vela virtual encerrada en la tableta, una vela que, como esos suelos de gres que imitan el mármol y cuyas baldosas llevan todas la misma veta impresa, crepita e inclina su llama espasmódicamente, como un disco rayado.

Descanse en paz Steve Jobs, que al resto nos queda no sabemos cuánto, pero algo, de padecer en éste mundo todavía. Oyendo a Aznar, sin ir más lejos.


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