El Holocausto, hoy

Cuando los aliados llegaron al campo de Buchenwald, en 1945, descubrieron la magnitud de un horror que nadie hubiera podido imaginar. “Lo que Dante no pudo imaginar”, con esta frase contundente describía un superviviente español lo que encerraban los campos de exterminio nazis. Espantados por lo que sus ojos descubrían, los soldados norteamericanos decidieron acercarse a la vecina población de Weimar, la ciudad de Goethe, y obligaron a los vecinos a visitar aquel siniestro lugar. ¿Cómo era posible que afirmaran no saber lo que allí había ocurrido? Aquellos hombres y mujeres se toparon de cara con los supervivientes, con las almas vagabundas de los que aún podían respirar y caminar sin rumbo fijo, aún atolondrados, por el recinto carcelario. También vieron los cadáveres apilados esperando su turno en los crematorios, unos hornos coronados por una inmensa chimenea de la que día y noche brotaban nubes de ceniza que se expandía por toda la colina del Ettesberg y los campos y bosques de los alrededores hasta llegar a la pequeña villa, en la que habitantes vivían plácidamente.

Del Holocausto la más terrible enseñanza en la de la angustiosa pasividad, convertida en complicidad, de quienes tuvieron conocimiento continuo de lo que sucedía en el interior de los campos de exterminio. Muchos aplaudieron las políticas racistas y antisemitas y los que aún poseían una cierta conciencia moral, miraron silenciosamente hacia otro lado para no hacer peligrar su estatus social. El martirio de millones de seres humanos fue velado calladamente por otros millones de seres humanos convertidos en un engranaje más de la maquinaria de la muerte.

Es posible que todo esto parezca ahora un asunto de la historia, sin relevancia en los tiempos que corren, y más ahora que Alemania es la locomotora que todos esperan que haga circular al tren europeo. Pero no lo es. La verdad es que el Holocausto no es una enseñanza, ni siquiera una tragedia a la vieja usanza; el Holocausto es, en realidad, un acontecimiento que define, sin  temporalidad posible, a nuestra especie, su capacidad de destrucción, su dañina perseverancia en destrozarse mutuamente. Y es, además, el peor y más desarrollado ejemplo de planificación industrial concebida por el hombre para acabar con otros seres humanos por el hecho simple y llano de ser de una forma cultural determinada.

En la Era de la genética y del genoma humano, disiento de quienes ven en aquellos judíos de la Soah, una raza diferente. Lo niego más allá de consideraciones morales con un razonamiento biológico. La misma biología, es cierto, que convenientemente manipulada sirvió entonces para construir el mito de las sangres y la diferenciación racial: la antesala del crimen sistemático.

Puede que Stalin, Pol Pot y otros personajes de ideologías totalitarias llegaran a ser igualmente nocivos y terriblemente crueles, siendo sus crímenes tan imperdonables como los otros.

Pero de todo ello, de aquellos campos de la muerte que, como el de Buchenwald fue reconvertido como parte de un inmenso Gulag soviético al otro lado del telón, lo que seguramente más debió angustiar a las almas que sobrevolaron, ya humo, aquella Europa del espanto, fue el silencioso encubrimiento de sus vecinos, de los amigos, de los conocidos, de los conciudadanos, de los demás seres humanos que permitieron con su mirada velada por el interés personal que cayeran en manos de los carniceros e hicieran de sus vidas aquel sangriento aquelarre que hoy, tantos años después, aún nos debe sonrojar, pues insisto, no es historia, sino parte de nosotros mismos y, por tanto, una advertencia también sobre el peligro intrínseco que nuestra maldad activa o pasiva puede provocar sobre nosotros mismos.


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