Promulgación de dignidades

Paco Fochs para Estrella Digital

El señor Rajoy intenta recuperar formas, liturgias y solemnidades en el desempeño de su nuevo cargo. También la discreción y los plazos. Ahora ya tenemos nuevo gobierno y por todo lo citado así como por la fecha elegida no puedo por menos que recordar una ceremonia que se realizaba precisamente cada final de trimestre en los colegios de los jesuitas: era la promulgación de dignidades.

En mi colegio barcelonés se celebraba en marco tan solemne como era el Palau de la Música que recientemente ha sido noticia por actos nada líricos ni armoniosos. El colegio también sufre actualmente su calvario, ya que en él se educó un sobresaliente jugador de balonmano, de gran actualidad en estos días, que ha inventado una variante del lema que nos enseñaron, convirtiéndolo en: “Mens espabilada in corpore sano”.

El solemne acontecimiento funcionaba así: a la hora anunciada y después de alguna fanfarria, aparecía en el escenario un jesuita-presentador, claro precursor del señor Rajoy, que con gran soltura recitaba un parlamento que más o menos rezaba así: “Para mayor honra de Dios y esplendor de las ciencias y de las letras se proclaman los nombres de los alumnos que por su ejemplar conducta y aplicación, se han hecho merecedores de ello”. Potente, ¿no?

A partir de ese momento, con interrupciones para las interpretaciones  de una orquesta de cámara, coro, diversas poesías y hasta conciertos de laúd y bandurria, se producía un trasiego interminable de infantes hacia el escenario donde recogían sus medallas y realizaban el correspondiente viaje de vuelta para que se les colocasen sus progenitores que, orgullosos, se sentaban en los palcos.

Cuando el infante aplicado ya no podía sostener más medallas o bien no lo permitía su traje y además coincidía que era un hacha en lo del latín, se le colocaba en la cabeza una corona de laurel. A partir de ahí la “faena” se remataba con el maravilloso e inevitable Aleluya de Haendel muy apropiado en “estas fechas tan entrañables”.

Pero “sic transit gloria mundi”: al final de la ceremonia las medallas debían ser devueltas. En este acto se encerraba la mejor educación. De ser “príncipe en todas las asignaturas” e incluso “emperador en Latín”, los homenajeados pasaban a ser otra vez los mismos jovencitos cenicientos que entraron unas horas antes en el Palau. Eso sí: con algo más de autoestima. Cosa que espero que también les ocurra a los nuevos ministros.

Así que les deseamos unas buenas vacaciones y que disfruten sus nombramientos durante estos días, si era eso lo que ambicionaban. A partir del nuevo año van a tener que ir devolviendo una a una sus medallas. Incluso la corona de laurel.

Hasta la próxima semana.


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