El Monopoly

Servidor tiene el convencimiento de que esta ola de capitalismo salvaje que sufrimos tiene su raíz en este juego inventado en Estados Unidos a principio del pasado siglo y que desde entonces tiene gran influencia en la malformación de la sociedad al exaltar el modelo de triunfador económico. Es más: opino que es una de las causas de la caída del Muro de Berlín y las consecuencias que de ahí se derivaron.

Mi juego se llamaba Palé por aquellas cosas de las patentes. Se llamaba así pero era el Monopoly. El Palé de Madrid, es decir con calles de la capital en las cuales te adentrabas  e inmediatamente tropezabas con extrañas sorpresas no muy agradables y tarjetas con el reclamo de suerte, que en mi caso nunca me ofrecieron una buena noticia. Como la lotería.

A partir de ahí el asunto se basaba en instalar casas e incluso hoteles en las citadas calles, por lo cual el tema derivaba en unas burbujas financieras e inmobiliarias lo cual seguro que les suena.

Mi experiencia en este juego fue siempre nefasta. No estaba ni estoy dotado. Mi carácter algo visionario, utópico y sensible me obligaba a poner casa en el Paseo del Prado, cerca del Museo, entre el Palace y el Ritz, y emprender a la vez una fantástica aventura, austera y compensatoria del anterior dispendio, consistente en construir hoteles en las calles Leganitos y Curtidores que siempre me parecieron que conjugaban la relación calidad-precio de forma adecuada. Me equivocaba. Nadie pernoctaba en mis hoteles y si lo hacían, pagaban una miseria.

En estas circunstancias tuve que prescindir de mi casa del Paseo del Prado mediante la fórmula de la dación en pago y comencé un proceso de depresión profunda que me hizo vagabundear por las calles, comer bocadillos en las estaciones de tren, sortear recibos inoportunos de las compañías eléctricas e incluso pernoctar en distintas ocasiones en la cárcel. Mi calidad de vida se había “recortado” alarmantemente.

Hasta entonces no me había dado cuenta de que el dinero es un bien limitado. Es decir si yo ya no tenía un duro de mi primitiva fortuna, indicaba que alguien lo estaba atesorando. Por lo general era otro hotelero que había creado su negocio en la calle Serrano y pensaba ampliar en las calles Goya y Velázquez. Empecé a odiarle sin tener en cuenta que hacía media hora era mi mejor amigo. Pero es que se había convertido en un “mercado”. Lo peor.

Cuando el devenir del propio juego convirtió a mi amigo hotelero en usurero sin piedad y posteriormente en banquero sin escrúpulos, rompimos las relaciones. No soportaba su falta de ética y la sonrisita satisfecha que lucía.

Aquello no podía ser sano. Así que me alejé del jueguecito. Desde entonces soy feliz.

Hasta la próxima semana.

Paco Fochs - Estrella Digital

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