Jugar la baza antiamericana

Las recientes provocaciones por parte de Egipto son graves y misteriosas en la misma medida.

En diciembre, su ejecutivo llevó a cabo una serie de incursiones armadas en organizaciones democráticas y de defensa de los derechos humanos respetadas. Los tribunales egipcios están haciendo prosperar imputaciones patentemente fraudulentas contra varias docenas de trabajadores de esos colectivos, 19 estadounidenses incluidos. Seis ciudadanos estadounidenses están retenidos en Egipto contra su voluntad. Uno de ellos es Sam LaHood, el hijo del secretario de transporte.

Todas estas intervenciones parecen estar diseñadas para ofender. ¿Pero quién hay en Egipto capaz de poner en práctica la intención? Desaparecido Hosni Mubarak, el ejecutivo es un abanico de acciones. El ejército sigue siendo poderoso pero no está seguro de su futuro papel. La burocracia permanente de Mubarak -- los miembros del Partido Democrático Nacional -- todavía busca influencias. Los parlamentarios salientes son enemigos de la vieja guardia egipcia, pero en absoluto amigos de América. A la hora de evaluar la conducta reciente de Egipto, es difícil discernir la actuación de una voluntad única.

Una explicación que se propone para estos acontecimientos -- achacar la culpabilidad a la Primavera Árabe -- es desde luego equivocada. De hecho, estamos viendo la indignación de una élite que se está batiendo en retirada. Los barones de Mubarak temen poder compartir algún día el destino de Mubarak. De manera que tratan de desviar las críticas fomentando el resentimiento contra los forasteros. Los líderes militares y los funcionarios del partido que durante décadas dependieron del apoyo estadounidense juegan ahora la plaza antiamericana. Es la venganza de los pelotas.

La suspensión total de la ayuda estadounidense a Egipto -- que se sitúa por encima de los mil millones de dólares por ejercicio -- estaría totalmente justificada. Pero no todo lo justificado es aconsejable.

América tiene una importante responsabilidad en el futuro de Egipto -- y una de las contadas herramientas de influencia sobre él. El colapso económico de Egipto -- una posibilidad real -- sería una catástrofe para la
región. El fundamentalismo crecería en estado salvaje entre las ruinas. Si Egipto llegara a abandonar sus compromisos de Camp David, la estabilidad de la frontera sur de Israel dejaría de estar garantizada. La cuarentena de Hamás se debilitaría.

Nada de esto, a la hora de hacer cuentas, puede evitarse. Pero todavía no lo sabemos. Durante los seis próximos meses, Egipto va a hacer ajustes de cara a un nuevo parlamento, elegir un nuevo presidente y empezar a redactar una constitución nueva. Durante este período de formación, América querrá métodos para influenciar el curso de los acontecimientos. Aislar a Egipto puede consolidar la posición de las personas equivocadas en el momento clave. Es más fácil para una América implicada sacar adelante la democracia, el pluralismo y la cordura.

De forma que queda en manos de los diplomáticos su labor imposible y desagradecida. El Departamento de Estado amenaza con suspender la ayuda a Egipto y simultáneamente intenta aplacar los ánimos. Manifiesta escándalo públicamente al tiempo que se sumerge en complejas negociaciones para poner en libertad a los ciudadanos estadounidenses. Intenta aplicar presiones inmediatas al tiempo que conserva cierta influencia a medio plazo. Este cálculo es fácil de criticar. De llevar a cabo es más difícil.

Al tratar con Egipto, hay muchas fuentes de inquietud y menos razones de esperanza. La Primavera Árabe se sitúa en las dos categorías. Mubarak triunfó en su labor vitalicia de corromper y deslegitimar toda fuente de autoridad menos los islamistas. Durante décadas, se organizaron en las mezquitas -- el único sitio al que el gobierno de Mubarak no llegaba -- y se crearon reputación de independencia política y rigor moral. Las
elecciones puestas en marcha por la Primavera Árabe han dado más poder en Egipto a los islamistas -- un resultado preocupante.

Pero la Primavera Árabe también ha creado un nuevo grupo de expectativas políticas a los gobiernos de Oriente Próximo. La ciudadanía egipcia ha dejado de permanecer pasiva. Si los islamistas egipcios gobiernan como Mubarak -- maridando opresión política con mala gestión económica -- se exponen a correr el mismo destino que Mubarak. O al menos esta es la esperanza suscitada por la Plaza de Tahrir -- la existencia de algún mecanismo de control sobre la arrogancia y la incompetencia públicas.

Cualquiera que sea su intención real, la Hermandad Musulmana egipcia parece reconocer esta realidad política. "Nuestra prioridad es la reforma política y económica", afirma el líder de la Hermandad Sobhi Saleh. Hay terrenos en los que América quiere brindar apoyo, planteando la perspectiva de una relación egipcio-estadounidense mejor que la hostilidad mutua.

Pero quienquiera que esté hoy al frente de Egipto está poniendo todo eso en peligro. "Egipto no se arrodillará", dice el Primer Ministro Kamal el-Ganzouri -- extraña intervención pública viniendo de un ejecutivo que se está pasando por el forro libertades básicas. El Congreso estadounidense no espera gratitud ingenuamente a cambio de la ayuda exterior. Pero sí que espera cooperación en los momentos en los que nuestros intereses nacionales están en juego. Y la protección de la ciudadanía estadounidense de la imputación corrupta y viperina de un delito es uno de esos intereses.

El ejecutivo egipcio lleva meses explorando los límites de la paciencia norteamericana, límites que está a punto de conocer.


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