Shaving cream

Me gusta el sexo femenino con pelo. Me pone mucho. Acepto que, como mucho, esté arregladito pero, tal vez por mi forma primitiva de entender la relación sexual, me gusta que tenga pelo. Es una manía como otra cualquiera. A ella, no. A ella le gusta llevarlo afeitadito. Y si lo mantenía salvaje y en todo su esplendor era, únicamente, por mí.

Y en esas estábamos cuando un día, en nuestro encuentro cómplice y prohibido, se presentó en el hotel con un neceser de aseo con todo lo necesario para un buen rasurado: tijeritas, crema de afeitar, brocha, crema, toallitas húmedas…

Cuando le pregunté por todo aquello, sólo me contestó: “Hoy quiero depilarme el pubis… Y quiero que me lo hagas tú. Quiero que en la brocha mezcles espuma, agua y deseo, morbo, perversión…”

Me gusta el sexo de la mujer con pelo pero aquella proposición me pareció lo más morboso del mundo… Tanto, que me acerqué a ella para abrazarla y besarla. En ese momento me dijo, susurrando en mi oído: “Hoy quiero ser totalmente pasiva. Soy toda tuya”. Y aquello me excitó mucho más porque ella era, exactamente, lo contrario. Pero sobre todo porque me estaba proponiendo un juego nuevo. No iba a ser llegar, dejarnos llevar por la pasión y volver cada uno a lo suyo después de desfogarse. Íbamos a jugar y esa era una de las partes que más me gustaba del sexo.

Solté mi abrazo y comencé a desvestirla. Despacio. Primero la chaqueta. Después la blusa, dando paso a un precioso y sexy sujetador negro. Se lo quité. Sus pezones ya estaban apuntando al cielo pero no quise entretenerme en ellos. Me interesaba bajar. Y muy despacio le bajé la falda y apareció un tanguita negro. Precioso. Sensual. Y ahí si me detuve. Era una escena magnífica. Por un lado, la telita tapaba su vulva. Por el otro, los pelos de su pubis rebosaban por todos lados. Arrimé mi cara a él. Quería sentir el tacto de los pelitos en mi cara. Una última vez.

Al acercarme a él noté el olor desprendía. Una mezcla de su perfume  favorito y el olor de hembra en celo. Noté que al aspirar aquel aroma, a ella se le ponía la carne de gallina... Yo, entonces, pasé dos dedos sobre la tela del tanguita que tapaba su vagina y noté que estaba muy húmeda. Ella suspiró. Fue un momento crítico porque estaba seguro de que a los dos nos pedía el cuerpo abandonar el juego y buscar la penetración directamente. Como habíamos hecho siempre. A las bravas. De golpe. Pero esta vez tenía que ser de otra manera. Teníamos que seguir jugando.

Bajé su tanguita y me volví hacia el neceser. Necesitaba tomar aire. Respirar profundamente para seguir. Cogí de él un pequeña palanganita y me fui al cuarto de baño a por un poco de agua templada.

Cuando volví, ella seguía allí de pie. Esperándome. Sin moverse. Y otra vez el morbo se apoderó de mí. Esta vez, directamente, mi nariz se fue a oler su vagina. Me embriagaba aquel olor. Ella se estremeció. Me pareció que una corriente eléctrica había recorrido su cuerpo porque su piel se había erizado de placer.

Entonces, la empujé suavemente hacia la cama hasta que se sentó en ella. Dejé en el suelo la palanganita y me volví a por la crema de afeitar, la brocha, las tijeritas, la maquinilla de afeitar y unas toallitas húmedas…

Con ellas en la mano, me senté en el suelo. Frente a ella. Y le pedí que abriese las piernas. Aún no sé cómo pude resistir aquel espectáculo en el que se mezclaban sus labios interiores con los pelitos ensortijados a causa de sus fluidos con aquel olor a feromonas de hembra caliente y seguir allí sentado sin hundir mi cara en aquel panal de sexo.

Sin saber cómo, comencé a recortar pelo con las tijeritas. Casi como un autómata. Cuando terminé o eso creía, cogí la crema de afeitar y empecé a extenderla. Casi para taparlo todo. Como no queriendo seguir viendo aquella maravillosa provocación. Levanté la mirada y vi como ella mantenía los ojos cerrados. Sintiendo. Dejándose llevar sólo por los sentidos.

Cuando cogí la brocha y me puse a extender la crema y sacar espuma, le rocé el clítoris y ella se volvió a estremecer al tiempo que, por primera vez, lanzaba un gritito de placer. Su respiración empezó a agitarse y pensé que, si seguía tocándolo, iba a llegar a su clímax. Por eso, no volví sobre su botoncito. Quería que sufriera como estaba sufriendo yo.

Levanté de nuevo la cabeza y vi que sus pezones ya apuntaban a su barbilla prestos a empitonar y no pude resistir darle a uno un brochazo de espuma. Ella, sin abrir siquiera los ojos, sonrió.

Era el momento de usar la maquinilla. En cuanto la sintió sobre su piel volvió a estremecerse. Pero esta vez no era de placer. Estoy seguro que era de miedo. Yo, para tranquilizarla, hice que se tumbase en la cama. No hubo ningún problema, la maquinilla afeitó suavemente.

Después, volví a separar sus piernas y, con las toallitas húmedas comencé a limpiar los restos de espuma y pelitos. Noté, de nuevo, que se relajaba o se estremecía según rozaba una parte u otra de su vulva.

Era el momento de pedirle que se diese la vuelta para afeitar también los pelitos de su culito pero cuando iba a decírselo, fue ella la que me dijo: “sigue… sigue tocándome… me vuelves loca…” Pero yo ya no quería tocar sino lamer. Y empecé a pasar mi lengua de abajo hacia arriba por aquel sexo húmedo y baboso… Ella, a su vez, comenzó a tocarse los pechos con una mano y a apretar mi cabeza contra su vulva, mientras empezó a moverse como una posesa.

Sentía que iba a llegar al orgasmo en cualquier momento. Y llegó en el momento en que mordisqueé levemente su pepita de oro. Su grito fue de agonía. Tan fuerte que me asusté. Pareció que había expirado.  Pero sólo fue de placer… Porque treinta segundos después volvió a pedirme más…

Y lo tuvo. Pero de otra manera porque yo ya estaba a punto de estallar.


Estas memorias están teniendo, afortunadamente, una gran aceptación entre los lectores. Lo demuestran el gran número de visitas que tiene semana tras semana y los comentarios que recibe. Por eso, de acuerdo con la dirección de Estrella Digital, he pensado realizar, dentro de la sección, un Experimento sexual: quiero que los lectores de ‘Memorias de un Libertino’ puedan publicar también sus relatos.  Sus sueños. Sus experiencias. Sus deseos ocultos.

El tema erótico será libre. Sólo pido que el texto no sea mucho más de un folio de extensión y que mantenga un mínimo de buen gusto. Se podrán firmar con seudónimo y se respetará el máximo de discreción. Tanto se respetará que los relatos NO deberán enviarse a la redacción de Estrella Digital sino a tiberio49@gmail.com Este es un correo creado, especialmente, para recibirlos y para que sirva también para aclarar cualquier duda o consulta.

Por supuesto, si alguien lo solicita, puedo también ayudarle literariamente a mejorar su texto.

Esperamos recibir muchos relatos.