Que me devuelvan el dinero

Pasaron los Goya, los Oscar, los César, los Bafta…y qué se yo cuántos premios para una industria donde priman las apariencias sobre todas las cosas. Recientemente, caí en las redes del marketing y fui a ver Los descendientes, del guapo George Clooney. Una decepción, tanto que incluso me hubiera gustado volver a la taquillera que me vendió amablemente la entrada en cuestión y reclamarle el dinero. Hace tiempo escuché, precisamente, en una película que el cine era un buen negocio, porque el cliente pagaba antes de ver el producto. Y qué razón tenía. Esa sensación de tomadura de pelo, de vergüenza ajena y de incomprensión la he vivido también muchas veces con el vino. Y no me vale la frase socorrida “Para gustos, los colores”, porque en ocasiones el grito es unánime: guerra a la mediocridad.

La restauración española no tiene término medio. En esta jungla del comer, encontramos a los de postín, esos que te ofrecen cartas de vinos cuidadas, con todo tipo de indicaciones, personal cualificado  y, por supuesto, precios de “agárrate y no los pidas si no quieres arruinarte”. Este tipo de establecimientos ya han sido muchas veces criticados por los altos márgenes que se embolsan a costa del vino y los pobres clientes. Esta vez no serán ellos el flanco de nuestras iras, que bastante tienen con mantenerse abiertos en estos tiempos de crisis. 

En esta ocasión, hablamos de los otros, las casas de comidas o restaurantes de andar por casa, que ofrecen un honroso menú del día, con platos de cuchara sabrosos, pero que a la hora de ofrecerte el vino, te ofrecen el típico riojita o ribera, como el camarero lo llama, y si quieres indagar un poco más, te miran mal o, simplemente, te responden que no saben la añada, ni mucho menos la marca. Los que tienen la decencia de darte su carta de vinos, es una hoja llena de erratas, con vinos sin añadas y con referencias  que no has oído en tu vida. Ahí es cuando el amante del vino, tiene un problema. ¿Cómo no voy a pedir vino con lo que me gusta? Pues debería pensarlo, porque desgraciadamente el vino que se ofrece en este tipo de restaurantes deja mucho que desear, que ni con casera entran. Y eso es un delito. Con la de vinos excelentes que tenemos en el mercado y con los precios tan bajos a los que los ofertan los distribuidores es indecente el vino que incluyen en sus cartas. Luego nos extrañamos si algunos clientes amantes del vino no se quieren arriesgar y optan por pedir un tercio de cerveza, sabedores de que con este tipo de bebida la calidad es constante. Lo peor es que en muchas ocasiones estos vinos que deberían pasar a mejor vida en el fregadero, y no amargarnos la nuestra, están acogidos a denominaciones tan reconocidas como Ribera del Duero o Rioja. ¿Y para qué están los Consejos Reguladores? Se debería controlar más este tipo de mal llamados vinos sin fruta, sin vida, sin acidez (o a veces excesiva) que llevan la imagen de dichas regiones.

Tampoco entiendo cómo estas denominaciones dan el sello a vinos de marca blanca donde no aparece el nombre de la bodega y lo que menos importa es el origen o la marca, sino el precio cuanto más bajo mejor. Una incongruencia.  En fin, que afortunadamente hay excepciones y en ocasiones se pueden beber vinos correctos e incluso buenos en este tipo de restaurantes. Es cuestión de suerte, de encontrar a un dueño que le guste ofrecer al cliente lo que le gustaría que le ofrecieran a él, de ser honrado y no pensar que por tener una casa de comidas, todo vale. Así no es de extrañar que en zonas vinícolas los propios viticultores, bodegueros o gente amante del vino opten por la cerveza, porque ni ellos se lo beben.