Carteles de la imbecilidad

Hace muchos años hice un viaje por Holanda y hubo un detalle que me impactó muchísimo. Esa “turné” la hice sobre los años 80 en España. He matizado lo de España, porque pasear por Europa ha sido, y sigue siendo, como viajar al futuro. Siempre nos han llevado 20 años de adelanto.

El viaje lo hicimos en coche, como de costumbre. Era un Audi 100 de la época. En esos años los europeos “fliparon” a nuestro paso, pues no era muy normal ver a un español de turismo, con pesetas en el bolsillo y mucho menos en un coche de importación. Todo un lujo para la época.

Recorrimos toda Holanda y, evidentemente, me encantó ese país sin obviar los canales de Ámsterdam, los tulipanes, las putas de los escaparates,.. y los molinos, ¡¡Cómo no!!. Pero de todo el viaje se me quedó grabada una imagen, quizás intranscendente para la mayoría. Me refiero a los puentes o carreteras secundarias elevadas que atraviesan algunas carreteras principales.

Recuerdo que pasamos por varias carreteras de un solo carril que, a su vez, eran atravesadas por carreteras secundarias sobre puentes elevados, como en todas las carreteras del mundo. La diferencia es que estos puentes los habían construido con doble ojo de puente, uno por donde pasábamos los coches y el otro arco vacío y sin usar. Era como si lo hubieran proyectado para una autopista y al no tener suficiente dinero lo hubieran dejado para uso  de una sola calzada dejando el otro arco muerto de risa y sin usar. Como el aeropuerto de Castellón, por ejemplo.

Lo primero que pensé es que los holandeses eran muy “cutres”, pero no conforme con mi interpretación pregunté con mi tosco inglés de la época hasta recibir una aclaración. La explicación es muy sencilla, las infraestructuras se crean pensando en ampliaciones futuras a 20 años vista. Así cuando el tráfico aumente y la carretera se convierta en autopista, los gastos se reducirán de forma drástica.

Pocos años después entendí lo inteligente que es pensar con la cabeza y prever el futuro. Sobre los años 90 en Valencia comprobé la gran chapuza arquitectónica que tuvieron que hacer los ingenieros con los puentes en la V6 para añadir un carril más en toda la autopista. Todos los puentes los tuvieron que estirar-modificar para introducir un carril más.

Un derroche de miles de millones de euros que si lo hubieran previsto tan solo 10 años antes, no hubiéramos tenido que pagar los ciudadanos. Pero no pasa nada, como dicen los políticos: el dinero público no es de nadie, cae del cielo. Además quiero recordarte que estos bastardos de políticos que tenemos maman de cada obra que se realiza. Vamos, una casta de mamones.

Treinta años más tarde hemos vuelto por Holanda y en este viaje me han vuelto a sorprender. Acostumbrados en España al régimen persecutorio con multas, rádares, etc. que padecemos aquí, fui buscando las señales de velocidad en Holanda y no las vi por ninguna parte, es más, descubrí que en Holanda no hay carteles ni señales ni nada, solo las indicaciones de ciudades y pueblos. Después de mucho observar, descubrí que las indicaciones de velocidad estaban pintadas en los puntos kilométricos. En este caso ya no pensé que eran “cutres”, comprendí que tanto cartel era un gasto inútil. Las señales de velocidad las indicaban en los únicos postes obligatorios de una carretera; los puntos kilométricos.

De regreso por Bélgica nos dimos cuenta que aquí sí habían señales de trafico, pero las justas. Lo mismo en Francia. Al volver a España fuimos conscientes del derroche “cartelista”  de nuestro país. Carteles indicando si la carretera es estatal, o es de la Junta de Andalucía, o es de la Xarxa, o del Estat, o de la Generalitat o de las Xuntas o de la madre que los parió a todas juntas.

Claro, estos carteles son muy importantes. Por ejemplo, cada vez que voy a Madrid y leo “Carretera del Estado – Autovía del Mediterráneo” me siento reconfortado sabiendo que la carretera es del Estado y que voy por el camino correcto; la autovía del Mediterráneo y que además, pronto pagaré el impuesto peaje revolucionario. Verdaderas infraestructuras “cartelistas” al más estilo Bolivariano pensando que los ciudadanos somos imbéciles. Solo falta en cada cartel, el “careto” del responsable y ya puestos que pongan también el de su madre.

Si a esto añadimos todos los carteles que anuncian proyectos de construcciones de la generalidad, la Junta, la Xunta, la Comunidad de... y sin olvidarnos de los famosos carteles de Plan E-stúpido, comprobamos que España está sembrada de carteles de la imbecilidad. Carteles que solo sirven para adular a los reyezuelos de las Taifas y para hacer millonario a los primos de los monarcas autonomistas. Porque supongo sabrás que los carteles los fabrican los primos, cuñados o sobrinos y que las comisiones mojan a todos los buitres políticos territoriales.

Pero no acaba aquí la historia estúpida. Para satisfacer la imbecilidad endogámica, todos los carteles se duplican en lengua tribal.

Eso sí, la administración con su afán de la integración y de la igualdad, fabrican los carteles para disminuidos visuales, carteles inmensos con el sello de la fanfarronada española que hasta los miopes pueden leer a kilómetros y sin gafas. Solo se han olvidado de los invidentes y puestos a ser imbéciles podían hacerlos también en braille.

El problema es que cuando sales de la cueva y viajas por el mundo descubres que no todo es imbecilidad y corrupción. Holanda me la ha clavado dos veces: con los puentes y con los carteles. Y España nos la está clavando, entre muchas cosas, con los carteles de la imbecilidad.

La España de la imbecilidad se gasta anualmente 2.000 millones de euros de nuestro dinero entre carteles nuevos, reparación y reposición. Carteles que solo son propaganda institucional. ¿Y aún te preguntas por qué te suben los impuestos?

Así lo pienso y así lo digo

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