Juan Soler

El socialismo confundido

El socialismo confundido

Un conspicuo y conocido senador socialista me comentó hace meses en un impropio y singular arranque entre la sinceridad y la confesión que el socialismo español adolecía de un grave problema estructural, tenía unos votantes que se encuadraban en su mayoría entre el centro-izquierda y la izquierda moderada y una militancia mayoritariamente filocomunista. Esta contradicción grave dificultaba siempre la actuación de la dirección que tenía que hacer tantos y tan diferentes guiños a izquierda y derecha que su política o era estrábica o incoherente o las dos cosas.

Si repasamos la historia reciente del comportamiento del socialismo en nuestra democracia de la Constitución del 78 observamos que mientras Felipe González manejó esta realidad con astucia y pragmatismo, Almunia lo resolvió con una torpeza sin igual hasta las fracasadas listas conjuntas de las Generales del 2000 con Izquierda Unida. Zapatero sin embargo se deshizo en gestos de un izquierdismo guerracivilista acompañados de concesiones multimillonarias a los Bancos y demás Sociedades del Ibex 35. Todo con la idea perversa de aislar al centroderecha, el mismo espíritu desgraciadamente antidemocrático de los años 30. Pero, eso sí,  sirviendo de felpudo al mundo del dinero.

Hoy mismo, esta rémora constante les supone un nuevo aprieto. Los resultados electorales les han dado la espalda. No de la forma contundente que no deja espacio a la quimera, no, pero con unas imposibles pero paradójicas posibilidades de pacto. Si se apoyan en Podemos, los restos de Izquierda Unida, Esquerra y Artur Mas, la mitad de su electorado (por ser contenidos en el cálculo) se mudará en masa a otras opciones en unas hipotéticas pero muy probables elecciones anticipadas. Si se abstienen y permiten un gobierno del Partido Popular, ganador verdadero de estas últimas elecciones, se exponen a una revuelta de militantes a los que tienen más respeto (o mejor dicho miedo) que a sus votantes.

Parece que la solución pasa por la destitución de Pedro Sánchez, la llegada de Susana Díaz y forzar elecciones generales nuevas. Lo que se observa en esta ecuación es el olvido total de los intereses generales. Da la impresión que solo están a los intereses de partido, del PSOE. No contemplan la posibilidad cierta y lógica de un gobierno con Ciudadanos y el PP, formando todos en el nuevo gobierno, algo deseable, o permitiéndolo desde la periferia y oposición parlamentaria. Y debían contemplarla. Incluso si quieren poner por delante el interés particular de su marca. Creo que les conviene.

El Partido Socialista está aterrado con el devenir del PASOK griego, tiene miedo paralizante a su izquierda, cree que cualquier contemplación o pacto con el PP supondría una imparable decadencia. No reflexiona.

Tanto Podemos como Ciudadanos son partidos de crisis, que con una mejora de la situación y del comportamiento de los partidos cabecera de las últimas décadas irán perdiendo fuerza y se reducirán a su ser natural, Ciudadanos a lo que fue el CDS o UPYD y Podemos a una Izquierda Unida enriquecida, pero no más. La sociedad española se parece mucho a esta hipótesis que al resultado de las últimas elecciones donde el enfado ha pesado como nunca y mucha gente ha votado nuevos partidos sin que realmente deseen lo que los programas máximos y maximalistas de por ejemplo  Podemos. Para llegar a este punto al propio partido Socialista le convendría un tiempo de sosiego que aprovechara los buenos datos que la economía exhibe hace muchos meses para que el ciudadano lo vaya palpando. Redundaría en su beneficio y en contra de sus más directos y actuales rivales políticos

Deben tener una posición propia generada por sus propias decisiones. Hasta ahora han querido repetir el juego del equivoco ideológico y la equidistancia mal medida sin un cuerpo programático claro y explícito. Si no rectifican, que duro pero que necesario, les irá mal, muy mal. Y yo no quiero eso porque es malo para la democracia. Algo similar con todas las distancias, a lo que hicieron en Cataluña durante lustros respecto al nacionalismo con el resultado hoy evidente. No tuvieron posición propia, la posición se la marcaba el nacionalismo. Si este se movía, se movían ellos. La confusión fue tal que la propia militancia se empapó de ella muchos años y envió un mensaje no ya equívoco sino equivocado a sus votantes y a la sociedad catalana, trabajaron para sus adversarios políticos y de clase, les engordaron su masa de votantes potenciales. La elección de Maragall primero como líder y luego como President culminó el desaguisado: un partido de actuación nacionalista que se olvidaba siempre de la mayoría de sus votantes no nacionalistas.

No pueden comportarse igual ni parecido. Deben afrontar este presente con altura de miras. Les dará un mejor resultado a medio plazo una posición responsable que las decisiones tacticistas y el postureo izquierdista. Con toda seguridad.

Juan Soler

Senador de España