Juan Soler

La brutal dictadura

La brutal dictadura

Algo importante ha cobrado actualidad estos días al socaire del doloroso espectáculo que hemos visto y oído en los atolondrados y delictivos debates que han tenido lugar en el Parlamento de Cataluña, las maneras como referencia en la calificación de las posiciones políticas, el fondo de las formas. Lo que la señora Forcadell ha legitimado con sus acciones y omisiones es de tal grosería material que en nuestro imaginario pertenecía al mundo del narcotráfico y era ajeno a la democracia del mundo occidental. Machacar la legalidad y cualquier norma de un parlamento de la forma en que se hizo el otro día nos da la pista de cómo sería el régimen que estos políticos separatistas pretenden alumbrar, aunque mejor sería decir oscurecer.

Hace ya bastantes años un amigo que tuvo importantes responsabilidades en el Gobierno de España le recordaba lo siguiente a otro, también del PP pero que pretendía ser parte de la política catalana y disculpaba todas las medidas que los nacionalistas ponían en práctica para crear las bases de lo que ahora padecemos: “Estos van a lo que van y, aunque les justifiques, ya sea por sentido práctico o por cobardía intelectual, serás de los que crucen el Ebro con su maletita de cartón si estos consiguen lo que pretenden”. No se ha querido ver, se ha confiado demasiado en que nunca se separarían ni lo intentarían y la realidad, al paso de los años, ha dado la razón a las peores predicciones.

El engaño de esta traición ha tenido a muchos que la anunciaban. Muchos, muchísimos. Y se les tildaba de exagerados. Hoy sabemos que, de forma independiente a sus diversas pertenencias ideológicas, más de la mitad de la sociedad catalana no quiere esto. Y sí tiene miedo.

Al margen de la enormidad de mentiras históricas e histéricas de las que está trufado el discurso separatista, de la catástrofe económica y social que supondría, del latrocinio que anuncian los comportamientos que se conocen en las instituciones autonómicas, aparte de eso, no podemos dejar a millones de españoles en Cataluña en manos de gentes cuyo comportamiento anuncia un discurrir de dictadura africana en el caso imposible que estos fanáticos peligrosos consiguieran su objetivo. Tenemos un deber de solidaridad con esa mayoría democrática silenciada por el imperio de la amenaza, del grito y del miedo.

Tengo la esperanza de que hayan cometido un error. Desde Coscubiela a Albiol se vio que existe un mínimo común múltiplo en las fuerzas democráticas, que llegaron tan lejos que hasta la izquierda más a la izquierda fue presa de la indignación y que todos los demócratas se sienten amenazados por esos procederes que delatan el negro carácter del régimen que persiguen y no consiguen. Hay que favorecer la unión de los demócratas ante el brutal nacionalismo separatista, cualquier actitud consentidora sería participar en la creación del escalofriante gulag ideológico al que mandarían a cualquier disidente. Como se intuye con lo que se ha visto.

Hay que estudiar el daño que se ha hecho a varias generaciones a los que se ha educado en el odio y no rendirse en la búsqueda de un remedio para reencontrar la paz civil y la concordia. Es muy difícil, pero los obstáculos no pueden de ninguna manera justificar rendición ni resignación. La crisis es muy grave pero también genera experiencia y enseñanzas.E No lo echemos en saco roto. Millones de españoles de Cataluña nos lo agradecerán. Y lo merecen. Y lo necesitan.