Juan B. Berga

No toquis al meu alcalde

No toquis al meu alcalde

Ni a la meva alcadesa, tampoc.

El coro de Puigdemont y los hacedores de la nueva democracia necesitan una de Barrio Sésamo; les cuesta distinguir el fascismo de la discrepancia. Ayudémosles. A ver si me entienden. Porcioles – aunque organizador de sardanas y castells en la Plaza Cataluña- era un fascista; Jordi Ballart –alcalde de Terrassa- es un socialista. ¿Ustedes creen que lo entenderán? Yo, tampoco.

Puedo decirlo de otra manera: los alcaldes y alcaldesas tienen la misma legitimidad que Puigdemont. Y sus decisiones son, por el contrario, mas legales que las del presidente.

Puigdemont el astuto se divierte. Y entre sus más arteras diversiones está la de hacerse acompañar hacia el final de su carrera política por centenares de alcaldes y alcaldesas, concejales y concejalas, para no irse en solitario por la gatera de las sandeces, como le ha ocurrido a Mas, pidiendo limosna por las esquinas.

Se han propuesto que los “otros catalanes” vuelvan al largo silencio del que les sacó la izquierda y la democracia.

Ya hemos barrido del bagaje de la historia progresista a la transición, el consenso, la Constitución y los estatutos de autonomía. Hasta la amnistía se presenta como renuncia. Solo queda deslegitimar aquello que, en la democracia española, precedió a la Constitución: las alcaldías democráticas.

Yo les entiendo. Las alcaldías democráticas supusieron el final de los caciques y del matonismo callejero de camisas pardas y azules. No conviene, en tiempos de escraches y revoluciones de salón, estas figuras que nos hablan de encuentro, convivencia y ciudades inclusivas. Nada mejor que la ira para limpiezas sociales de todo tipo.

Les entiendo. Para evitar el puente - trampa que Roures le tendió a Junqueras hacia Podemos y los Comunes, y la disposición de Sánchez a la cosa tripartita, nada mejor que la inhabilitación social de los que pueden sostener una alternativa a los del tres por ciento reconvertido.

Puigdemont el astuto, el rufián de su bufón y la carne de cañón que administran se han propuesto que los “otros catalanes” vuelvan al largo silencio del que les sacó la izquierda y la democracia.

Y para eso sobran alcaldes y alcaldesas. Estos grandes demócratas que son muchos y muchas, diversos , diversas y muy tolerantes no dudan en convertir  a socialistas, federalistas o comunes en fascistas; en utilizar la condición sexual como arma; poner dianas en las cabezas, amenazar con tumbas o desfilar por las calles.

Puede sonar dramático, irónico y hasta un mal chiste, pero nos lo habían advertido. Ese es el gran favor que PDeCat y Cup les han hecho a los que siempe dijeron no a todo.

Las ciudades son el espacio de las voces. “La palabra libre, en la ciudad libre”, proponía Manolo Vázquez Montalbán, un antiguo, como se sabe. Pero, ahora, solo cabe una palabra. Vuelvan al armario el “maricón asqueroso” (dedicado al alcalde de Terrassa). Vuelvan al armario los “socialistas de mierda”. Vuelvan al armario los federalistas “sin callos en las manos”. Vuelvan al armario los “otros catalanes.

Qué se habían creído. El derecho a decidir es decir lo que conviene a Puigdemont, a su bufón y a su carne de cañón.

Yo solo digo, como cualquier demócrata de los de antes, “no toquis al meu alcalde ni a la meva alcaldesa”. Son mi palabra, mi voz y mi recurso. Por cierto, me tenéis la calle sucia de narices. Es lo que tiene la democracia: nos gusta defender a quienes no hacen lo que nos gusta. Fíjate que algún día tendremos que defender a los de los escraches...