Javier López

Che

Aprendimos a quererte,

desde la histórica altura,

donde el sol de tu bravura

le puso cerco a la muerte.

Carlos Puebla

Hasta siempre, comandante

Cómo pasa el tiempo. Hace 50 años era yo un niño. Los escasos noticiarios de la época daban cuenta de la muerte del guerrillero Ernesto Guevara, al que llamaban Che. Todo era confuso. Luego fuimos sabiendo que había sido acorralado y capturado por el ejército boliviano en la quebrada del Yuro, con la ayuda de agentes de la CIA y había sido ejecutado en la escuelita de La Higuera.

Pocos personajes resultan hoy tan polémicos como el Che. Su nacimiento en Argentina. Su infancia a caballo entre Buenos Aires y la provincia de Córdoba. Sus estudios de medicina, Sus largos viajes por América Latina. Su enrolamiento en la expedición guerrillera organizada por Fidel Castro en México para liberar Cuba de la dictadura de Batista. La dureza de la lucha guerrillera en Sierra Maestra, en la que su principal enemigo era el asma que combatía a base de voluntad y fumando puros.

El triunfo de la guerrilla, sus cargos en el gobierno de la revolución, sus desencuentros con Fidel y sus consejeros soviéticos. Su huida hacia adelante, emprendiendo aventuras que pretendían extender focos revolucionarios, primero en el Congo y luego en Bolivia.

Bien mirada, la historia del Che es la historia de un fracaso. Tal vez resida en ello buena parte su capacidad de seducción. No tanto sus logros, como el trágico final de su marcha incansable, por tortuosos caminos, en busca de la libertad para los pueblos oprimidos por el imperio que hoy gobierna Trump.

Un imperio para el cual América Latina era patio trasero en el que actuar con total impunidad, apoyando, e impulsando golpes militares, allí donde cualquier gobernante intentara contravenir sus designios. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Brasil, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Perú. Toda América Latina sufrió la brutalidad de botas militares pagadas y fabricadas en Estados Unidos.

Su imagen, retratada por Korda, se convirtió en icono equiparable al del fundador del cristianismo. Un ejemplo para jóvenes rebeldes que participan en cualquier acto de protesta, descontento, o reivindicación. Desde mayo del 68, hasta el 15M. Sin embargo, el Che era un revolucionario, un guerrillero y eso ha suscitado odios exacerbados.

Recuerdo septiembre de 2008, cuando los sindicatos madrileños fuimos invitados por el partido gobernante en Madrid, liderado por Esperanza Aguirre, para asistir a la clausura de su Congreso Regional. La euforia despertada por el discurso de Aguirre, con su reiterado lema de pico y pala (por más que lo más parecido a pico y pala que ha esgrimido Esperanza, es un palo de golf) se vio precedido por la fogosidad del jefe de las Nuevas Generaciones madrileñas, un joven llamado Pablo Casado.

Arrancó aplausos a rabiar y puso en pie al auditorio (yo permanecí sentado), a base de gritar consignas oídas en algún foro exclusivo: ser de izquierdas ya no está de moda, porque son unos carcas y están todo el día con la guerra del abuelo, con el aborto, la eutanasia y la muerte.

Atacó a los sindicatos como parte de este entramado y contrapuso todo ello al carácter “emprendedor”, palabra mágica, de los jóvenes del PP. Los mayores aplausos del público agradecido y el “olé, olé, olé” de la propia Esperanza, surgieron cuando aseguró con vehemencia que los jóvenes del PP idolatran a mártires como Miguel Angel Blanco y no a asesinos como el Che Guevara, como hace la izquierda.

Estuve a punto de abandonar la clausura del Congreso. Permanecí sentado y preferí aguantar el chaparrón, pero salí preocupado por el tipo de juveniles fuerzas de choque que comenzaban a surgir en el PP y que un día llegarían a puestos más importantes, medrando a la sombra de personajes como Aguirre.

50 años son muchos años en una vida. Lo cierto es que personajes de otro tiempo son muy difíciles de juzgar con los ojos de hoy: Espartaco, Nelson Mandela, Juana de Arco, Sandino, Bolivar, Churchil, Zapata, Washington, o el propio Che.

Prefiero recrear la imagen de un joven que se buscaba a sí mismo a lomos de una motocicleta, al tiempo que descubría las venas abiertas de América Latina. A ese hombre, al que los indígenas andinos rezan, ponen velas y veneran bajo la advocación de San Ernesto de La Higuera. Aquellos indígenas que dieron origen a los Nadies de Eduardo Galeano.