Diez claves sobre el final de ETA

1. Falta aún tarea, pero el terrorismo de ETA se ha terminado. No es una cuestión de creer en la palabra de los encapuchados, tantas veces rota. Es una evidencia porque no se trata sólo de una declaración más: porque es parte de un proceso que lleva ya mucho tiempo en marcha. ETA lleva casi dos años sin matar. Renunció hace meses al chantaje a los empresarios, ese llamado “impuesto revolucionario” que era su principal fuente de financiación y que ni siquiera se dejó de cobrar durante las anteriores treguas. También ha abandonado la kale borroka. Y lo más importante: su sustrato social ha asumido que les irá mucho mejor por la política que por las armas. El éxito de Bildu, que hoy sueña incluso con ser la fuerza más votada en Euskadi, blinda del todo el final. Por eso es tan improbable la vuelta atrás. Por eso se ha terminado para siempre.

2. La conferencia de este lunes en San Sebastián ha sido importante. Es verdad que ese documento, tan internacionalmente apoyado, hacía suyo un lenguaje y una semántica más propia de Batasuna. Sin embargo, ha sido tremendamente útil al servir como pista de aterrizaje para que ETA pudiese intentar justificar su derrota, su abandono de la violencia sin concesiones políticas. La maniobra más difícil en el mundo de la aviación es el giro de 180 grados: el tiempo necesario es inversamente proporcional al tamaño del ego del piloto.  Y ETA necesitaba algo con lo que cubrir su ego en el fracaso, para vestir mínimamente su vergonzosa derrota. No hay que dejar que ese relato, que es el suyo, sea el que pase a la historia. Pero sí reconocer y aplaudir el papel de Lokarri y de los tan insultados mediadores internacionales por ayudar a tejer la mortaja.

3. Lo del lunes es la penúltima curva, ya estaba casi todo hecho. ETA ha dejado de matar en gran medida porque estaba derrotada social, política y policialmente: porque su debilidad es extrema. Los últimos informes policiales hablan de apenas cincuenta terroristas en activo, acorralados y desorientados, sin saber siquiera de quién pueden fiarse. No se sabe cuántos de ellos –algún día se contará esa historia– son infiltrados del CNI, la Guardia Civil o la Policía, en lugar de etarras. Nunca antes funcionó tan bien la colaboración con Francia. Nunca antes, como en esta última legislatura, ETA ha sufrido tantas detenciones ni su cúpula, desarticulada una y otra vez en cuestión de meses, ha sido tan frágil.

4. No sólo ha sido un éxito policial, también político. A diferencia de todos los anteriores procesos de paz, no ha sido el Gobierno quien ha negociado con ETA: ha sido la propia izquierda abertzale quien le ha puesto el cascabel al gato. Desde que ETA reventó la T4 y, con ella, también la penúltima esperanza de paz, Arnaldo Otegi y Rafael Díez Usabiaga han liderado un proceso dentro de Batasuna –que ni siquiera fue informada de la ruptura de la anterior tregua– para imponer la política sobre las armas. En otro momento de la historia de ETA, Otegi y Usabiaga podrían haber acabado asesinados por los propios etarras. Esta vez su posición ha ganado, gracias también a la extrema debilidad de la banda.

5. Pero ni ETA ni la izquierda abertzale ni probablemente Otegi habrían llegado a la conclusión de que la vía de las armas no les conducía a nada si no hubiese sido por esa doble política del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero: la mano dura y la mano blanda han sido claves para romper ese nudo. Ha sido tan letal para ETA la efectividad policial y la firmeza judicial y política de la segunda legislatura como la negociación del primer mandato de Zapatero. Que fuese el Gobierno el último en levantarse de la mesa de negociación, que incluso los interlocutores de Zapatero mantuviesen las conversaciones tras la voladura del aparcamiento de la T4, ha sido fundamental para que Batasuna, y la mayoría de sus simpatizantes y votantes, asumiesen que había sido ETA quien rompió la baraja. Aquella negociación, y cómo acabó, también fue clave en otro frente importante: el internacional. ETA perdió con la T4 el poco apoyo exterior que le quedaba. 

6. Sin embargo, tampoco es justo dar al Gobierno de  Zapatero y al Ministerio del Interior de Rubalcaba toda la gloria del fin de ETA. España ha tardado más que ningún otro país de Europa en acabar con su local banda terrorista; hemos sido los últimos. Pero absolutamente todos los presidentes del Gobierno y todos los ministros del Interior, con sus aciertos y sus errores, se dejaron muchos pelos en la gatera y enterraron a muchos compañeros para intentar acabar para siempre con el terrorismo. La única gran diferencia de Zapatero con Aznar, Felipe, Calvo Sotelo o Suárez es que el último presidente ha sido al único al que se ha retratado de forma completamente injusta como un traidor a la patria, que había puesto a España “de rodillas ante ETA” y entregado Navarra. No dudo, nadie debería hacerlo, de la buena voluntad de José María Aznar cuando elogió al “Movimiento Nacional de Liberación Vasco”. Pero sólo Zapatero ha sido criticado ferozmente por intentar acabar con el monstruo: nadie cuestionó, ni desde la prensa ni desde la oposición, a los demás presidentes por intentarlo. Por eso hay algo de justicia poética en que sea Zapatero, sin concesiones políticas, quién pueda apuntarse la fecha histórica en el final de su presidencia.

7. También hay que elogiar a Mariano Rajoy. Estuvo muy bien en su declaración y dijo lo que tenía que decir: “Es una gran noticia, no ha habido ninguna concesión política”. El líder del PP y favorito para el 20-N sabe que muy probablemente será él quien tenga que cerrar los últimos flecos y se fía más de lo que le cuentan los actuales líderes del PP vasco, de Antonio Basagoiti o Borja Semper, que del disco rayado de Jaime Mayor Oreja. No habrá negociación política, pero sí toca hablar de lo que eufemísticamente ETA llama “las consecuencias del conflicto”: las armas y los presos. No habrá amnistía, ni tampoco medidas de gracia para los delitos de sangre: ya no estamos en 1981, cuando lo dejó ETA pm. Pero el Gobierno que salga del 20-N sí deberá plantear el acercamiento de los presos a cárceles más cercanas a sus familiares (un derecho que asiste a cualquier condenado, por asesino que sea), y también políticas de reinserción más generosas para aquellos sin delitos de sangre. También la cuestionable doctrina Parot debería poder ser revisada.

8. ¿Afectará al resultado electoral del 20-N? Lo dudo mucho. La elegante respuesta de Rajoy ante el comunicado ha sido también inteligente: ninguno de sus votantes más radicalizados dejará de apoyar al PP por este tema y, al no sumarse al discurso de Mayor Oreja, su discurso no asusta tampoco a los votantes de centro. Sin embargo, hay que reprochar a Rajoy que no desautorice de forma más clara a ese sector de su partido que incluso hoy sigue viendo una negociación política encubierta del Gobierno donde sólo hay un éxito de todos. Otra cosa es Amaiur, la nueva marca de la izquierda abertzale, que sí que sacará rédito electoral de este final. Es posible incluso que consigan grupo parlamentario propio, por encima del PNV, y se conviertan en el partido vasco con más fuerza en Madrid.

9. Otro político que merece un aplauso ante el final de ETA es el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren. Sólo él puede presumir de haber sido aún más insultado que el propio Zapatero por intentar terminar con ETA. Eguiguren, hace ya más de un año, fue el primero fuera de la izquierda abertzale que advirtió lo que estaba sucediendo en ese mundo: que esta vez sí se acababa. Ha sido Eguiguren quien tenía razón, y no Jaime Mayor Oreja.

10. Y por supuesto, las víctimas. Ellos, 829 asesinados y sus familias y amigos, son las verdaderas “consecuencias del conflicto” de las que debería hablar ETA. Hoy más que nunca se merecen todo el apoyo y toda la solidaridad de la sociedad, incluso un poco más. La memoria jamás podrá olvidarlos. Pero ser víctima no significa que tengas siempre razón. Ser víctima no te hace más inteligente ni refuerza tus argumentos ni tampoco te debe convertir en juez. La justicia no la pueden impartir las víctimas porque sólo en los países donde aún rige el Talión es la víctima quien aplica la pena con sus propias manos. El perdón –que no es la absolución ni la condena– sólo lo pueden dar ellos. Pero la convivencia la debemos construir entre todos.


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