Fernando Arnaiz

Si quieres Trump, toma dos tazas

Donald Trump se convertirá el viernes 20 de enero en el presidente más estrafalario de la historia de los Estados Unidos de América. Su prepotencia de empresario orondo convencido de que, tras él, la nada, y su talante narcisista, demostrado una y otra vez en sus últimas comparecencias, nos mantienen entre la expectativa y el miedo. Lo imprevisible de su discurso, insostenible en casi todo, basado en la impulsividad y en la imposición, genera excitación entre sus votantes y desesperación en medio mundo. 

El nuevo líder americano es el ejemplo más radical de que la política ha dejado a un lado la lógica administrativa para centrarse en el sentimiento compartido, sectorizado, o lo que es lo mismo, en el “engagement”, o grado en el que el consumidor interactúa con la marca. Porque Trump es una gran marca que funciona como un reloj al otro lado del Atlántico, como Coca Cola, Apple o Microsoft. De hecho, usa las redes sociales, sobre todo Twitter, como único soporte de sus ideas y vehículo para enganchar y emocionar a sus seguidores, al margen de los medios de comunicación. El empresario anaranjado cumple a la perfección el manual del posicionamiento natural en la red; hace preguntas (siempre impertinentes), llama a la acción y la atención (siempre desde los extremos), utiliza argumentos fáciles de compartir y regalar (siempre vacíos y populistas) y crea contenido relevante (siempre polémico). Trump es divertido. El rey del monólogo.

Su simplicidad, agresividad y total interés en romper el silencio de los asuntos tabú en el gran país (véase la CIA, Rusia, China, el botón nuclear, la inmigración...) ha provocado la reacción de una sociedad americana desencantada con la política oficial, machista, con ganas de enseñar a todo el mundo la virilidad de los Estados Unidos. Créanme que es mucho más sencillo avanzar como demonio que como ángel, porque la movilización social es divertida, sobre todo cuando se aplaude al que insulta y jalea desde la primera fila. A muchos les divierte la cuestión del muro y más si, como dice Trump, lo van a pagar los mexicanos. Que se aguanten. También les encanta esa actitud de “jefe dominante”, de personaje que despacha los despidos a su antojo, porque me sale de los mismísimos. Hay que reconocer que a este tipo le sobran huevos y le falta diplomacia. Es capaz, incluso, de compararse con Dios. 

Mientras, la comunidad internacional políticamente correcta se agazapa en la incredulidad a la espera de que Donald Trump incumpla sus múltiples amenazas, porque se está moviendo demasiado la caja de zapatos, y eso no es bueno. El proteccionismo que anuncia, su desacuerdo con todo el pasado Obama, su incapacidad de definir un plan de sanidad concreto, o la promesa de subir los impuestos a aquellas empresas que no cumplan su plan de ruta, entre otras lindezas, pone los pelos de punta. Vamos, que acojona. Y nada que decir de sus negocios, que al estilo Pujol, los deja en manos de la familia, de momento. Todo lo demás, incluido el asunto de las prostitutas que dicen que contrató en 2013 para que practicaran un espectáculo de lluvia dorada en la suite presidencial del Ritz Carlton de Moscú, sobre la cama que habían ocupado los Obama, pues miren, a mí me supera.