Fernando Arnaiz

Ni están ¿Ni se les espera?

Ni están ¿Ni se les espera?

En España parece que manda la vieja guardia. Aznar y González/Guerra desaprueban el comportamiento político de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en el proceso soberanista catalán. El PP ni está, ni parece que se le espere, y el PSOE se divide como Cataluña. A más a más, el secretario general de los socialistas no mueve ficha y lejos de acompañar y apoyar decididamente al Gobierno en la travesía del desierto secesionista, no para de poner astillas en el camino. A Sánchez le interesa el liderazgo nacional. Sus ansias vivas de sentarse en Moncloa le llevan a reprobar todo lo que dice o hace la derecha. El líder socialista no renueva su partido; ni lo viejo, ni lo nuevo. Carece de propuestas claras y definidas porque se mueve en la imprecisión y en la vaguedad. Y los votantes lo denuncian y algunos de sus dirigentes regionales también.

La actitud del que recuperó el bastón de mando de la calle Ferraz está muy por debajo de todas las expectativas. No demuestra nada, ni aporta nada en la encrucijada histórica que vive España. El famoso talante de Zapatero no vale porque el independentismo de Puigdemont y compañía se sitúa al margen de la Ley, en la más detestable ilegalidad. Sánchez se mira el ombligo con alegría y se regodea de haberse conocido ante un escenario terrible y muy peligroso que precisa la máxima unidad de las formaciones políticas democráticas en el parlamento. Los socialistas españoles no merecen este líder frívolo y cortoplacista en situaciones de estrés nacional.

España se ha convertido en un país con un horizonte incierto, difuso, casi por descubrir. Con un jefe del Ejecutivo que improvisa/alerta y con una oposición sin hoja de ruta. La pasividad del PP y la política narcisista del PSOE alienta aún más el desencuentro y la inestabilidad. En Cataluña, el independentismo se ha transformado en insumisión, en rebeldía y en revolución. La brecha, el odio y la división, alentados por los movimientos antisistema perfectamente organizados, son graves enfermedades que, o se solucionan con diálogo, o con violencia. O con las dos cosas, que es lo que pasara aquí: violencia para reestablecer la legalidad y luego diálogo.

Por tanto, parece descabellado anteponer el voto a todo, que es lo que hace Sánchez. No se puede jugar al “yo mismo” eludiendo obligaciones cuando la situación, la más complicada en España desde el 23-F de Tejero, demanda un frente común sin aspavientos ni concesiones a los que perturban y atacan el Estado de derecho. Ya lo dije en su momento, la transición de los 70 se fraguó desde abajo; hubo movilización social, sí, pero apoyada desde arriba, la clase política cercana a la dictadura.

La transición de la España autonómica debe acometerse desde el criterio y la perspectiva de futuro, desde la solidaridad y el entendimiento, que siempre están por encima de las declaraciones, el postureo y el incumplimiento de las leyes. En la España democrática, el debate político debe entenderse como argumento de avance y no de retroceso. Y si hay que aplicar las leyes, se aplican porque solo dentro de la Ley hay prosperidad, paz social y posibilidad de resolver los conflictos.