Fernando Arnaiz

Aguirre o la amputada feliz

Aguirre o la amputada feliz
 

La negra sombra de los más cercanos a Esperanza Aguirre (yo no di, yo no sabía, yo no me ocupaba…) es muy alargada y golpea con mucha fuerza contra la cúpula de un PP que apenas puede defender ya el mensaje. La corrupción en el seno de la formación que gobierna el país, acrecentada en su magnitud por los medios de comunicación, deja seco a un partido que casi no puede justificar nada de lo que hace. Púnica, Gürtel o Murcia son asuntos que desquebrajan poco a poco la credibilidad y estabilidad de la derecha española. Y todo ello a pesar de las “vacas flacas” de la oposición: PSOE, Podemos y Ciudadanos. Y el presidente lo sufre, lo padece en casa. Y no puede limpiar fuera porque le cubre el polvo de dentro.

La imagen cuenta y mucho. La sociedad española está harta de tejemanejes de unos y otros en un momento de máximo esfuerzo social y empresarial para la recuperación económica. A Rajoy le crecen los enanos y le asfixia su propia flema. La regeneración política no es un hecho, sino una necesidad más que perentoria. La reciente detención del que fuera presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, en el marco de la denominada Operación Lezo, demuestra el lodazal infecto en el que nadaba el PP en Madrid bajo el mandato de la siempre humilde Esperanza Aguirre; la misma que se ha cortado y quemado varias veces los brazos y las piernas defendiendo la pulcritud de los suyos.

Defender la transparencia en el escenario del charco hediondo, es casi imposible. Así las cosas, sólo cabe el silencio como defensa. Y ya saben, el que calla, otorga. Y Mariano se esconde en los pasillos de Moncloa, a la espera de comparecer, o no, tras la decisión de la Audiencia Nacional de citarle como testigo en el juicio de caso Gürtel. Rajoy sabe que el PP debe acelerar de inmediato la renovación de caras y líderes. El PP está obligado a buscar en la cantera a los nuevos equipos, modificando las estrategias y las dinámicas. Lo viejo huele mal y él lo sabe.

En Madrid, en el epicentro del incendio, Cifuentes, la defensora de la “tolerancia cero” y de la “colaboración absoluta con la justicia”, se ha propuesto fumigar a fondo todo lo infectado por los equipos de su antecesora. Y eso que en el Congreso regional de marzo se dijo que ambas habían enterrado el hacha de guerra. Aguirre, con ironía, ya le dijo entonces “espero que aciertes en todas tus tareas, por el bien de los afiliados del PP de Madrid y de todos los españoles”. Aplausos y beso. Pero Cristina denuncia y acusa. Ella misma fue la que llevó, en julio de 2016, la presunta corrupción en el Canal de Isabel II a la fiscalía.

Por lo tanto, el PP debe ver la viga en el ojo propio y aplicarse el cuento del basta ya. Los mecanismos de transparencia y responsabilidad penal (Compliance) que comienzan a instalarse con fuerza en las empresas españolas, deben exportarse a las formaciones políticas de inmediato. Y de los medios de comunicación ya hablaremos. Lo mismo que de Marhuenda. Pero hoy no toca.