Carlos Penedo

Gracias, adelfas

Gracias, adelfas

El turismo es una conquista histórica de las clases medias, del siglo XX, de las comunicaciones, de la globalización, de la chancleta y también de la cultura, porque no está descartado que el traslado geográfico de millones de cerebros tenga alguna repercusión positiva sobre su forma de pensar, puede ocurrir.

Y España es una gran potencia turística. Se nos alarma sobre la excesiva dependencia del país de un sector económico, forma en negativo de presentar una fortaleza: en el mismo sentido California es excesivamente dependiente de la alta tecnología, Londres del sistema financiero y Alemania de la industria y las exportaciones.

Hace unos años algún responsable político del ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) exigía al Estado una compensación por albergar en su término el palacio-monasterio de Felipe II y no era necesaria explicación alguna sobre tamaño disparate.

Algunas cifras: 75 millones de visitantes extranjeros ha recibido España en 2016; la participación del turismo sobre la economía se estima en el 11%; dos millones y medio de empleos directos; la repercusión en la cultura de nativos y extranjeros se desconoce, y no porque no pasemos todo el día midiendo intangibles; no interesa.

Y por supuesto todo esto tiene algunos inconvenientes: la sensación de que muchos precios tienden a ser más altos porque se fijan para ser pagados en circunstancias pocas y excepcionales; la pretensión de miles de negocios turísticos de ser rentables con cuatro meses de actividad al año; la precariedad laboral incluso por encima de la general del sistema.

Salvo excepciones, el turismo parece que va un paso por detrás de otros sectores económicos, en los que la obsesión por el número de productos (en este caso, llegada de viajeros), la obsesión por la producción se trasladó hace tiempo hacia el consumidor.

Otro aspecto criticable es que desconocemos la política turística de este Gobierno y de ninguno, no es un asunto de debate, de programa electoral, de propuesta política. Hay países que tienen un ministerio del Petróleo. ¿Cuánto pesa el turismo en los presupuestos generales del Estado?

Habría que tener en cuenta además que algunas de las nuevas formas de economía, incluso de la colaborativa, o su deformación, afectan al turismo, al alojamiento, al transporte de personas, a la entrega a domicilio, lo que requiere adaptación de los profesionales de la cosa y regulación por parte de las administraciones.

En todo este marco abre los telediarios -alternando con Venezuela- las ocurrencias turísticas de la sección juvenil de un partido nacionalista y antisistema (tremenda contradicción), y como las nuevas generaciones no suelen marcar la actualidad política ni en el mes de agosto sólo cabe pensar que son un nuevo pretexto para descalificar a mengano o meter miedo hacia zutano; de jugar con fuego, no por parte de quien siente la obligación de llamar la atención, sino de quien decide que el asunto merece el primer puesto de la actualidad jerarquizada.

Un representante del PP catalán ha comparado los ataques al turismo en Cataluña con la kale borroka, que el gremio hostelero catalán cifra en media docena sin especificar en seis meses.

Las críticas a los ayuntamientos de Podemos de estar hundiendo el turismo son anteriores al pinchazo en vídeo de una bicicleta municipal.

En todo este panorama hay quien dedica su existencia a agradar la vida de turistas extranjeros y nacionales sin esperar compensación alguna, que viven con lo justo, trabajan igual en agosto que en febrero.

Son las adelfas, que pueblan jardines, descampados pero sobre todo las medianas de autovías, autopistas y un tercer tipo de red que son las autopistas rescatadas por el Estado a sus propietarios privados para que no se arruinen por su deficiente gestión.

Gracias, adelfas de España, por alegrarnos nuestros desplazamientos y hacer del país un lugar agradable para visitar.