Considerado uno de los padres del fotoperiodismo, fundador de la mítica agencia Magnun junto con colegas como Henri Cartier-Bresson y David Seymour, el fotógrafo húngaro Ernest Andrei Friedmann (Budapest, 1913 - Vietnam, 1954) dejó su hogar con apenas 17 años para recorrer una Europa en la que el fantasma de la guerra aún parecía lejano. Su primera parada fue París, la ciudad de la luz, una capital bulliciosa repleta de artistas, idealistas y refugiados que empezaban a huir de las primeras embestidas del nazismo.
Allí conoció a una alemana de izquierdas a la que le gustaba bailar, fumar en boquilla y beber champán. Gerta Pohorylle (Stuttgart, 1910 - Madrid, 1937) había llegado a la capital gala tras el ascenso de Hitler en su país. Carismáticos, activos y llenos de talento, ambos personajes parecían destinados a encontrarse, y así ocurrió. Él le enseñó todo lo que sabía de fotografía, y ella puso su inteligencia al servicio del bien común, creando "la marca Capa": un apellido bajo el cual firmaron centenares de fotografías que dieron testimonio de una de las épocas más importantes de la Historia.
Convertidos en Robert Capa -pseudónimo bajo el cual se escondía un fotógrafo americano y exitoso- y Gerda Taro -nombre que la alemana tomó inspirándose en la sonoridad de Greta Garbo, la actriz a la que más admiraba-, se encaminaron hacia España. La guerra civil acababa de estallar y ellos fueron testigos directos del horror de la contienda.
Tardo trabajaba más con la Rolleiflex, mientras que él prefería la Leica, pero ambos firmaban indistintamente bajo el sello Capa. Las imágenes de Tardo eran más perfectas, amarraba más el encuadre, pero carecían de la espontaneidad de las de Capa, quizás porque en 1936 ella aún estaba empezando en la fotografía. "El fotógrafo tiene que estar pegado a la presa para disparar en el momento exacto", decía Capa, para quien ese oficio era como el de un jugador, salvo que el fotógrafo apostaba su vida en vez de dinero.
La Guerra Civil española, la contienda que separó sus carreras
La Guerra Civil española fue la contienda que unió y que separó sus carreras. Capa no quería estar en la retaguardia, y Taro estaba obsesionada con retratar una victoria republicana que parecía no llegar nunca. En 1937, estando Capa en París para entregar el material, Garda Taro cubre la batalla de Brunete, pero a la vuelta cae del vehículo en el que viajaba y es aplastada por un tanque. Muere a los pocos días en El Escorial, truncando una relación que iba más allá de lo profesional.
La muerte de Taro cambió la vida y la personalidad de Capa, que siempre se reprochó el haberla dejado sola en ese momento de la contienda. El también fotógrafo Henri Cartier-Bresson escribiría tras el entierro de Taro que "el hombre que salió de ahí era alguien completamente distinto, cada vez más nihilista y mordaz, desesperado". Pese a todo, Capa continuó fotografiando y fue testigo de acontecimientos como el Desembarco de Normandía o la liberación de París. Se convirtió en un profesional de éxito y murió años después en otra contienda, como Taro.
La historia de ambos es más que una crónica de una relación, es la historia de unos personajes que se crearon a sí mismos y que acabaron convirtiéndose en leyenda. Hasta ahora, uno podía sumergirse en las imágenes de esta pareja, siendo testigos de lo que ellos presenciaron detrás de la cámara. Ahora, la escritora Susana Fortes nos ofrece la posibilidad de llevar esas imágenes al papel con la obra Esperando a Robert Capa, desde donde devuelve la vida a una pareja que, además de fotógrafos, fueron ante todo defensores de la libertad.
