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El arte servido a domicilio

22/01/2009 | 15:11 h.

Resulta paradójico que la época en la que el arte es más accesible a la juventud -si no en precios, al menos a través de la multiplicidad de canales existentes-, sea la misma en la que esta no dispone, o cree no disponer, de tiempo para apreciarlo. El ocio, paradigma de los jóvenes de toda sociedad desarrollada, se aleja de la cultura hechizado por la economía de las palomitas, la noche y el single prefabricado.

En una época dominada a su vez por las nuevas tecnologías, Internet debería posicionarse cómo el arma clave para resolver la dialéctica ocio-cultura a favor de esta última pero aún hoy es difícil decidir para quien ha jugado a favor. La desestabilización de las industrias cinematográfica y musical consecuencia del "más libre de todos los medios" ha provocado imágenes desoladoras: discos que envejecen en las estanterías de los comercios, cines emblemáticos que desaparecen…Se podría pensar que el ocio es el principal afectado, el que viene impuesto desde Hollywood y desde los grandes sellos discográficos en forma de efectos especiales y cuerpos perfectos; pero la cultura, tanto la que emana de una película independiente como la de otra ganadora de siete Oscar, tanto la de artistas consagrados como la que sólo emerge a través de Myspace, también ha sufrido un duro revés debido a los cambios en los hábitos de consumo.

Hace tiempo una escena de una serie de televisión me trasladaba a mis propios recuerdos. La protagonista, una joven estudiante de instituto de los 80, acababa de conseguir el álbum American Beauty, de Grateful Dead. Emocionada, ponía a sonar el vinilo del que tan bien le habían hablado. En su habitación, solas, ella y la música, entraban en perfecta unión y nadie les interrumpiría en ese idílico encuentro durante toda la escucha. En mi subconsciente, el Appetite for Destruction, de Guns and Roses, y mi yo de 15 años somos los protagonistas.

Aunque la minicadena típica de finales de siglo no ha logrado ese romanticismo propio de los vinilos -ni su excelente calidad sonora-, la esencia viene a ser la misma.

En la actualidad, Internet proporciona todo de forma gratuita y sin moverse de casa. Miles y miles de álbums, películas e imágenes de todas las épocas guardados en un pequeño disco duro. Los que empiezan, los que antes no tenían ni para empezar, los que experimentan… todos pueden llegar ahora a la gente. ¿Pero la gente tiene tiempo para ellos? Quizá sí para una canción, para una foto bonita que sirva de fondo de pantalla, incluso para un disco o para una "peli de culto" pero, ¿cuántas discografías, de cuantos grupos quedan enterradas en el fondo de nuestro ordenador?

Hasta los melómanos se ahogan entre tanta música para saciar su sed. En un afán por conocer más y más, uno termina sabiendo poco y apreciando menos. Perdido entre tanta acumulación de contenidos, el arte debe competir además con el ocio, pero no con el ocio que se disfraza de cultura, sino con el que se enfrasca en las redes de la misma sociedad. Ni la música, ni las imágenes llegan solas a nuestros sentidos. Nuestra existencia ya no necesita tomarse un respiro. Mientras se escucha por primera vez una canción, por buena que sea, no se interrumpirán las conversaciones de Messenger, los comentarios de Tuenti, ni los trabajos de Word. No es que antes la música no sirviera también como un mero acompañamiento, pero al menos, de vez en cuando, era la única protagonista.

Con el cine la situación es un poco más triste. El interés por compartir sueños, risas y lágrimas con otros conocidos y desconocidos bajo una gran pantalla se ha perdido. No sé si la piratería ha provocado los desorbitados precios del séptimo arte o si ha sido más bien al revés. En cualquier caso, ese círculo infernal ha dejado las salas vacías y los ordenadores llenos. Y si bien ver una película en formato dvdrip no rompe ninguna norma artística, bajar los screener -grabaciones que se hacen en las salas de proyección con cámaras de vídeo y se distribuyen por Internet- resulta una completa aberración. Más allá de perderse cualquier atisbo de la atmósfera que impregna cualquier sala cinematográfica, es un insulto para el trabajo de todos los que han participado en esa obra de arte y sólo aparecen al final de la misma -en unos créditos que, de hecho, la mayoría de screener cortan-. Al fin y al cabo, el ocio en screener sigue siendo ocio mientras que el arte en screener es inconcebible.

Resulta curioso, además, la necesidad creada por la sociedad de disponer de ocio en cualquier momento y en cualquier lugar, como si la reflexión, la meditación o el silencio en sí mismo estuviera prohibido. Por eso, cualquier contenido cinematográfico y televisivo se puede seguir ya a través de dispositivos móviles. El invento más característico del frenético ritmo de vida de las sociedades desarrolladas y capitalizadas intenta de esta forma convertir el arte en un restaurante de comida rápida, en un pequeño amigo que ameniza nuestra formación en hombres grises y que, después de miles de años de conectar con las emociones y sentimientos de todo el mundo más allá de cualquier época o lugar, ha perdido su capacidad para despertar el alma. Y, aunque hay que diferenciar los contenidos que aportan mero ocio, de los verdaderamente artísticos y culturales, la acumulación indiferente de todos no es precisamente una ayuda.

Naturalmente, con todo ello no se pueden desdeñar todas las bondades que Internet ofrece desde el punto de vista artístico. Entre otras cosas, abarata y facilita el proceso de producción, libra en algunos casos de parásitos intermediarios y pone en contacto directo al público con artistas que en otra época, no tendrían una oportunidad ni en su propia tierra. Lo malo es que todas esas virtudes, como poder ver un film en versión original o impregnarse de culturas diferentes a la nuestra, se vienen abajo cuando la gente no es capaz de escuchar un disco de principio a fin, ni de esperar siquiera a que una película esté en formato dvdrip.

De la misma forma, otras artes como el teatro y la pintura también se ven afectadas indirectamente. A través de ofertas especiales y campañas publicitarias cada cierto tiempo -en algunos casos, un tanto pobres-, salas y museos intentan captar la atención de una generación que en su mayoría ha dado la espalda a estas disciplinas ya sea por su amor a las palomitas, la noche y el single prefabricado, porque se ha acostumbrado al arte servido a domicilio o porque pertenece a una época donde no hay tiempo para el silencio pero tampoco para el arte.

22/01/2009 | 15:11 h.

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