Le intimidan y le empequeñecen tantos ojos observándole. Siente cómo desmenuzan su cuerpo de una manera doctamente sádica. Una letra por aquí y una sílaba por allá. Un Juicio Final le penalizará con la destrucción por cualquier coma, punto, acento u oración subordinada mal colocados. No le queda otra alternativa. En esta oligarquía dictatorial de literatos, ellos son los que mandan, los que tienen la última palabra. Se trata de un indefenso texto expuesto al veredicto de un concurso literario.
Dejémonos de orgasmos para eruditos. Lo esencial de la cuestión es preguntarnos qué pretendemos realmente con este tipo de certámenes, además de establecer jerarquías literarias y potenciar la ya muy potenciada competitividad innata del ser humano. ¿Acaso queremos fomentar la actividad literaria? ¿De qué manera? Cito textualmente una de las bases de uno de estos concursos: "Las obras no premiadas serán destruidas tras el fallo del jurado y no se mantendrá comunicación verbal ni escrita con ninguno de los autores que se presenten". Y si te he visto no me acuerdo. ¿Destrucción? ¿Incomunicación? ¿Son estos adjetivos adecuados para el fomento de la literatura? Y es que los certámenes literarios generan ganadores y perdedores. Utilizo estos términos porque al mismo tiempo que ser el ganador implica ganar algo, el perdedor también pierde algo: el respeto, pues se ve abocado irremediablemente al ninguneo y a la frustración, tras sufrir la destrucción de un retoño al que tanto tiempo le dedicó y al que han apartado de la lectura de posibles admiradores.
Por otra parte, el jurado de este tipo de ceremonias acostumbra a estar formado por "personas de reconocido prestigio". Cuántas veces habremos leído esa afirmación los que curioseamos las bases de participación de los certámenes literarios y en numerosas ocasiones no encontramos identificados a estas ilustres personas con nombre y apellidos. De hecho, creo que el prestigio de dichos señores y dichas señoras queda a la altura del betún si se les menosprecia obviando sus excelentísimas personalidades. ¿Elusión de responsabilidades? Que luego no nos culpen de desconfiados.
Las bases de los concursos literarios aguardan una explosiva sorpresa final. Se trata de una mina con un temporizador que detonará en cuanto el ganador decida, optimista por su logro, dar lo que un buen texto se merece. La culminación de la literatura, la plasmación de unas ideas en palabras, la conversión de estas palabras a un todo: un libro. La explosión derriba el castillo construido en el aire. Nos topamos con aquel apartado del dichoso concurso que rezaba: "Los ganadores del presente concurso ceden al Ayuntamiento Despojador de la provincia Cicatera todos los derechos de reproducción y distribución para la explotación exclusiva de la obra”. Aunque lo peor viene en algunos casos, cuando este apartado viene apostillado por: “Dicho Ayuntamiento se reserva la facultad de editar los trabajos premiados en la forma que se estime más conveniente", es decir, que el autor no permite la publicación de su obra a los convocantes del concurso, sino que permite absolutamente todo lo que éstos quieran hacer con su escrito. El autor pierde los derechos de autor. Paradójico pero real. También pierde el poder y el destino de su legítima obra. Todo a cambio de una compensación económica. Bienvenidos a la República Independiente de Don Dinero, el que todo lo puede comprar. La cultura y los derechos inclusive.
Además, en la ley marcial de los certámenes algo falla cuando se prevé, por ejemplo, la mala calidad literaria con los llamados "premios desierto". Y es que hay normas de concursos donde todo está excesivamente calculado y premeditado hasta límites insospechados. Hay bases en las que incluso está previsto el fallecimiento del autor. No existe nada al azar. El trayecto está señalizado y cercado. Todo parece pensado estratégicamente, todo lo que podría ocurrir, todas las alternativas posibles están plasmadas en estas bases para dirigir al autor por un camino y unas pautas estrictamente marcadas, coartándolo de su libertad literaria.
Tan sólo pretendo invitar a reflexionar acerca del objetivo de los certámenes literarios y a preguntarnos si lo estamos consiguiendo. Porque yo lo dudo. Creo que deberíamos apostar por la publicación de todas las obras presentadas que cumplan con los requisitos exigidos y de esta manera, que sea el público quien decida con su lectura cuál de las obras presentadas merece su atención y su tiempo. No decidir por ellos qué obras leerán y cuáles no, condenando así a muerte a muchos escritos que posiblemente habrían aportado mucho a sus lectores. No estoy en contra de la proclamación de ganadores, sino de sepultar en el olvido al resto de obras. También propongo la total transparencia de los miembros del jurado. Y, por supuesto, que los derechos de autor sean para el autor. Que sea él quien decida para qué se puede emplear su texto.
En fin, buscaré cuándo finaliza el plazo de presentación de las obras para el "∞ Certamen Literario: Cortemos las Alas de la Imaginación".
