La historia del conflicto palestino-israelí (conflicto que hoy se materializa en la ocupación por Israel de los territorios palestinos, pero cuyos orígenes se remontan a la creación del Estado judío en 1948)) viene reseñando una larga sucesión de fracasos en los repetidos intentos de ponerle fin. Muchos esfuerzos se han derrochado discutiendo sobre las culpabilidades a las que podría atribuirse tan adversa situación, que si por un lado hace penosa la vida de algunos ciudadanos de Israel, por otro somete a todos los palestinos a una intolerable opresión que vulnera los más elementales derechos humanos.
Pero de nada sirve ahora acusar de esos fracasos a ciertos personajes que no supieron o no pudieron estar a la altura del momento histórico que les cupo en suerte (Clinton, Bush, Rabin, Sharon, Arafat...) y tampoco debe aceptarse la idea de que el problema no tiene solución. Este último modo de pensar es una lógica consecuencia, por una parte, de la negativa experiencia histórica del fracaso continuo y, por otra, de la constatación de algunas realidades que se presentan hoy como obstáculos insalvables en el camino de la paz. Citemos entre ellas la acelerada fragmentación del territorio palestino a causa de la continua creación de asentamientos ilegales; la reivindicación palestina de Jerusalén como su capital natural; la grave cuestión que suscitan los refugiados palestinos expulsados de sus tierras; la presión del extremismo judío para conservar hasta el último palmo de la "tierra prometida" y algunas otras más que prolongarían innecesariamente este recuento.
Para simplificar, pero también para aclarar la cuestión, parece obligado apuntar al verdadero corazón del conflicto. Para los palestinos, éste se halla en la responsabilidad del Estado de Israel en la ruina y la desintegración que, desde la guerra de 1948, viene padeciendo el pueblo palestino. Para Israel, el eje de su reivindicación está en la negativa palestina a aceptar la existencia del nuevo Estado. Ninguna de estas dos percepciones se ha tenido suficientemente en cuenta en los anteriores intentos de paz, con lo que éstos no alcanzaron a satisfacer las más hondas aspiraciones de ambos pueblos.
Eliminada, por inviable en las actuales circunstancias, la solución de un único Estado binacional, las opciones ahora abiertas parecen ser dos: conservar la situación actual indefinidamente, con arreglos circunstanciales que atenúen su inherente conflictividad, o ir decididamente a la creación de dos Estados, a pesar de los obstáculos antes citados. Como ocurre con otros problemas en los que la intervención de EEUU se considera resolutiva, todos los ojos se vuelven a Obama, aunque sus primeros pasos en este complicado camino hayan sido inciertos y su postura ante los asentamientos ilegales haya generado dudas en ambas partes. Sin embargo, desde que llegó a la presidencia no vaciló en identificar la paz entre palestinos e israelíes como uno de los principales intereses de EEUU.
Dada la enorme dependencia que tiene Israel de la ayuda estadounidense, parecería que desde la Casa Blanca se podría forzar la mano y exigir a su Gobierno -y no solo a la Autoridad Palestina, como suele ser habitual- las concesiones necesarias que abran de nuevo la puerta de la paz. Pero la experiencia histórica muestra que esto nunca ha ocurrido así. Ningún presidente de EEUU ha sido capaz de aplicar a Israel la presión suficiente para que sus gobernantes lleguen a actuar en contra de lo que ellos -y la opinión pública dominante- estiman en cada momento ser sus intereses fundamentales, en los que las perspectivas electorales suelen tener mucha influencia.
En esta situación aparentemente sin salida, tiene interés la propuesta publicada en The New York Review of Books, que introduce en la resolución del conflicto al vecino reino de Jordania, como un inédito factor capaz de abrir nuevas vías y que podría aportar un importante efecto catalizador. A pesar de la tradicionalmente conflictiva relación entre Jordania y el pueblo palestino, esta solución presenta aspectos valiosos. Una especie de federación que vinculara a Palestina con Jordania haría posible, por ejemplo, que Israel aceptara ciertas exigencias que encuentra difícil conceder al Gobierno palestino. La búsqueda de la paz se abordaría así desde nuevas perspectivas, no deterioradas por el persistente fracaso. La desmilitarización de Cisjordania -otro serio escollo- se vería como algo parecido a lo ya aceptado por Egipto en el Sinaí o a lo que se espera de Siria, si este país llega a firmar la paz con Israel.
Las dificultades de la solución propuesta no escapan a sus autores (el palestino-británico Hussein Agha y el estadounidense Robert Malley), pero valoran favorablemente el balance entre resultados positivos y negativos. Sospechan que algunos países árabes vecinos podrían ver con recelo el reforzado papel regional del reino hachemita como tutor del pueblo palestino. Tampoco eluden la difícil cuestión de la estabilidad interna del nuevo ente Jordano-Palestino, cuyo equilibrio demográfico se vería alterado.
En cualquier caso, como concluye el artículo citado, si el intento de Clinton hace un decenio se valoró como arriesgado pero mal manejado, y después se tuvo como irrealista pero ambicioso el de Bush algunos años después, Obama no debería seguir avanzando por tan pisoteado camino. Si no se analizan de nuevo, y desde su raíz, los elementos fundamentales del problema, el esfuerzo de Obama no podría calificarse de arriesgado ni ambicioso, sino de inútil y desorientado. Es de esperar que el aire de renovación que ha traído consigo el nuevo presidente alcance también al modo de actuar para deshacer este enrevesado nudo.
