publicada por primera vez por la editorial Charpentier-Fasquelle en junio de 1899, llegaría a convertirse, con los años, en el texto más polémico de Octave Mirbeau (1848-1917), un autor que empezó su carrera ejerciendo de periodista para los bonapartistas y de negro literario.
La corrupción de las altas esferas, claro retrato de los círculos de poder franceses, y las alusiones eróticas de la obra -que hasta fue calificada de pornográfica- no dejaron indiferente a nadie. Tras su inmediato éxito en el país galo, fue traducida al castellano en 1900, siendo la última edición conservada la de 1977.
El propio autor dedica "estas páginas de asesinato y sangre a los sacerdotes, a los soldados, a los jueces, a los hombres que educan, dirigen y gobiernan". Considerada durante muchos años una obra erótica, El jardín de los suplicios, que está dividida en tres partes, tiene como protagonista a un narrador, un canalla empeñado en conservar su anonimato -"¿qué importa mi nombre?", se pregunta, al comienzo de la primera parte-, y a su amante, la bella y cruel Miss Clara. "La mujer más extraordinaria del mundo, que a sus 28 años ya conoce la tierra entera", es una inglesa depravada y aficionada a los placeres sádicos con quien emprende un viaje hacia las raíces del placer y la libertad sin límites.
El destino final les llevará al Jardín de los suplicios, un lugar de China en el que la muerte y el placer caminan de la mano como si fueran la misma cosa.
Concebida como una novela de iniciación, un auténtico descenso al infierno, El jardín de los suplicios es una metáfora de las partes más oscuras del ser humano, metáfora que se nutre del profundo rechazo que Mirbeau sentía por las instituciones políticas, tanto de Francia como del resto de Europa.
El caso Dreyfus
En la época en que la novela se concibió, Francia estaba sacudida por el desenlace del célebre caso Dreyfus, que conmocionó al país por una compleja trama de espionaje y antisemitismo. El caso Dreyfus, según cuenta el editor de Impedimenta, Enrique Redel, puso de manifiesto la profunda hipocresía en que se basaba el aparato institucional de la Tercera República Francesa, en cuyo seno reinaban posiciones de nacionalismo intolerante que amenazaban con fracturar la sociedad civil.
El protagonista de la historia, el capitán Alfred Dreyfus (1859-1935), un ingeniero politécnico de origen judío-alsaciano, fue acusado en 1894 de espiar para los alemanes. Juzgado por un tribunal militar, Dreyfus fue condenado a cadena perpetua por alta traición, y enviado a la Isla del Diablo, una de las más espeluznantes prisiones coloniales francesas. Poco después se comprobó que en realidad el verdadero espía era Ferdinand Esterhazy, comandante del ejército francés, pero, a pesar del escándalo que ocasionó este descubrimiento, el Estado Mayor no tomó medidas contra él y se limitó a cambiarlo de destino y enviarlo al Norte de África.
La población civil se dividió en bandos opuestos. Entre los partidarios estaba el escritor naturalista Émile Zola, que en esos días publicó el célebre Yo acuso, un alegato en favor de Dreyfus que levantó una gran polémica. En este contexto de profunda zozobra social y crisis del modelo en que se sustentaba la Tercera República aparece El jardín de los suplicios.
Mirbeau, autor incómodo, apasionado por la literatura de Dostoievski y Tolstói, fue famoso por poner su pluma al servicio de los desfavorecidos. En este polémico libro, el escritor no tuvo reparos en retratar la corrupción y los manejos turbios de las altas esferas francesas.
