La delegada del Gobierno en Madrid tiene un extraordinario afán de notoriedad. Es como la madrastra de Blancanieves mirándose al espejo, pero en rubio chillón.
Esto sería una buena noticia porque, de lo contrario, la delegada del Gobierno en Madrid tendría un extraordinario y complejo sistema neurológico que la obliga, contra su responsabilidad institucional y una inteligencia media, a acudir donde no debe siempre que hay una buena ocasión para hacer algo que está mal en el sitio más inadecuado.
Su paso por una asamblea del 15M, en vísperas de su aniversario, y su paseo por las calles adyacentes a las manifestaciones enfurecidas contra los recortes y la complicidad del PSOE, el pasado viernes, son una buena muestra de la necesidad que doña Cristina tiene de encontrarse a sí misma en la primera página de la actualidad.
La verdad es que en vez de buscarse tanto, podía ayudar a la Justicia a buscar a su marido, que mucho nos tememos, dejó sin cobrar a sus empleados. Pero doña Cristina no busca a su marido y se busca a sí misma como una nueva reina de la vida pública. Al igual que los malévolos rumores de la época decían que Miterrand se había preparado un auto intento de atentado para recuperar la notoriedad y la popularidad que perdía en los años setenta, Doña Cristina busca mejorar su reputación dando la nota, llamando la atención, figurando como sea: agrediéndose por otros por ser la delegada del gobierno en Madrid.
Mal asunto para el Gobierno una delegada con, eso dicen los protagonistas, amigos tan raros que dicen de ellos que se espían. Mal asunto, igualmente, pueden terminar siendo unos viajes a Cuba; mal asunto, sobre todo, buscar la foto una y otra vez para pintarla, aunque sea con la cruz de los recortes a cuestas. ¿O mejor así? Que se vea quien es leal al partido y sufre por él. Que hablen de una, eso es lo importante.
Mariano, no dejes pasar la oportunidad, nómbrala reina por un día; un mal día, pero reina al fin y al cabo, que si no, no sabemos qué nueva chorrada puede ocurrírsele.
