el hombre que nace anciano y rejuvenece con el paso de los años, pone a punto la capacidad de Hollywood para demostrar que el buen material tratado con buenos recursos puede dar como resultado la mejor película.
Entretenimiento, profundidad y espectacularidad para el espectador. Dinero y prestigio para sus artífices. Eso es lo que vio Fincher para su proyecto más ambicioso, para el que cuenta con Cate Blanchett y Brad Pitt y en el que marca un hito para las técnicas digitales como apoyo o sustitución del actor.
En El curioso caso de Benjamin Button -que cuenta con la fotografía del chileno Claudio Miranda, también candidato al Óscar- se borran los límites de lo que es maquillaje y efecto especial, interpretación y magia digital, pero nunca se desdibuja la marca del gran estudio.
Durante las dos horas y cuarenta minutos que dura la película hay muchos motivos para cantar victoria -espléndidos arranque y desenlace-, pero también hay vanos por los que se filtra la insatisfacción. El curioso caso de Benjamin Button se queda notoriamente lejos de la meta, pero sus logros son notables.
Fincher, que supo dar prestigio al videoclip, insufló nueva sangre al asesino en serie en Seven (1995) y removió taquillas y conciencias con El club de la lucha (1999), sabe tomar el pulso al relato, nutrirlo y barnizarlo, pero le falta, para redondear, más de ingenio y dinamismo.
Sin referentes
Se vislumbra su vocación de hacer un Forrest Gump (1994) de principios de siglo XXI, que a través de un peculiar individual repase la Historia reciente de los EEUU. Pero en esta ocasión, el hombre queda avasallado por dos guerras mundiales, por el telón de acero y por la moda de los sesenta.
En el camino, se citan muy sucintamente las contrapartidas del milagro: la inevitable falta de referentes del que nada en sentido inverso y el destino fatal de no tener una pareja con la que "involucionar". Y así, la película juega con la premisa antes de indagar en ella y se destapa a sí misma cuando el personaje principal llega al equinoccio vital y, ya sin artificios, es simplemente un hombre cualquiera. Un personaje plano que no merecería película alguna.
Por eso, aunque existe una compensación -un tono de fábula ceñido al optimismo de Frank Capra y cierto componente mágico heredado del Big Fish (2003) de Tim Burton- y el conjunto es sumamente disfrutable y convincente, planea sobre El curioso caso de Benjamin Button la sensación de lo que pudo haber sido y no fue.
