“Que tire la primera piedra quien tenga en sus manos el poder de decisión” Durante estos días de resaca mundialista y avances de pretemporada en tiendas de moda y en mercados futbolísticos, varias situaciones caprichosas indican la controvertida diversidad de esta aburrida sociedad de consumo con falta de liderazgo. “Me quedo…” (Guardiola), el tierno y deseado entrenador empírico por excelencia, con la calma que tan sólo ostentan los convencidos sabios convincentes, sólo admitió garabatear su contrato a un año vista, ¡eso es tener vista y olfato! No hay mejor táctica para que te valoren de admiración que mezclar lo imposible con lo asequible dejando en el ambiente un agridulce alcance. La equidad temporal, que no metálica, en la que Pep ha priorizado, ensalza su siempre actualizada y sentida pretensión a la vez que despierta inquietud admirable en sus detractores y fieles. Inteligente líder, servidor de sí mismo al que no le arrolla la ansiedad posesiva si no que le motiva la cumbre del seguir siendo. Este es el paradigma de la decisión propia del dirigente consecuente dueño del empeño. ¡Bravo, excelente! “Me voy…” (Puyol), otro ejemplo de lucha y constancia que acaba de sentenciar su participación con “la roja” tras llevarse de cabeza el honor del título mundial. “Dejo de comer tras un inmejorable postre”. El retiro a tiempo, eso que otros se resignan a encontrar esquivando su llegada, es la otra versión de quien posee la decisión. Digna marcha desde la cúspide, que dejará en la memoria perpetua la permanente foto al ataque rematando y rizando la defensa. No es un adiós, es un hasta siempre desde la gloria. Y para finalizar, la peor de las situaciones frente al cargo de tu voluntad, la huida. “Me echan…” (Raúl), el eterno caduco ariete blanco que fascinó en antaño, por no haberse abonado al año tras año y no plantarse en la cima de la montaña, ha sentido su camino de regreso a la llanura como una decadente condena. Como buen jugador que ha sido, ha utilizado el último de los comodines que se le puede permitir, maquillar su descarte con la huida voluntariosa. “Me voy antes que digan que me vaya “, quizás hubiese sido más elegante no aguantar hasta el desplante. “ Me quedo, me voy, me echan”, son tres maneras de continuar el camino que se recorre. Anden con cautela que no es lo mismo ir que irse.
