Escena 1: La separación. Sentía miedo, soledad, como si me hubieran arrancado algo de mi ser. Me faltaba el aire, me faltaba todo. Mi corazón de una puñalada estaba herido. Una puñalada de amor. Habían pasado muchas cosas, y ahora mi mente estaba confundida, aturdida. Mis pensamientos solo se posaban en Víctor. Me acordaba de su última mirada, llena de dolor. Aunque no me dijo nada, sus ojos decían todo lo que necesitaba saber, eran su mejor lenguaje. Me decían adiós para siempre. En ese momento me hubiera gustado precipitarme a sus brazos e irme con él, pero él ya se iba, y no reuní el valor suficiente para hacerlo. Lo vi alejándose con su moto mientras lágrimas caían lentamente por mis mejillas. Me senté en la arena para no caer desvanecida. Había dejado ir al amor de mi vida, y tenia la certeza de que no volvería a verlo. Mi corazón sabia que no volvería a amar a nadie, al menos no como a él. Imágenes fugaces revoloteaban por mi mente, de una felicidad fugaz pero intensa. Ahora era sólo eso lo que quedaba de nosotros, y era mi única razón para vivir. Para ser exactos, nada que pudiera existir llegaría a alcanzar lo que su rostro me hacia sentir. Era tan perfecto, una estatua esculpida con corazón. Estaba en ese lugar lleno de recuerdos, quería quedarme ahí para aferrarme a ellos, aunque eso me supusiera abrir de nuevo las heridas de mi corazón.
Escena 2: La gran decisión. La carretera y una buena moto, habían sido siempre los dos grandes amores de Víctor. Él iba siempre de ciudad en ciudad en busca de aventuras, sin nadie que lo retuviera, pues él era el rey de la carretera. Hasta que un día conoció a Claudia, una chica muy diferente. Luchaba en su interior entre dos amores: la chica o la carretera. ¿Sería capaz de quedarse en una sola ciudad por amor?. Le costaba marcharse. Sabía que si cogía la moto, no volvería nunca más a verla. Quizá meses atrás irse hubiera sido su mayor deseo, pero ahora que había encontrado una chica tan especial, forcejeaba luchando en su interior. Su corazón palpitaba con fuerza y rapidez, y su mente intentaba poner en orden sus sentimientos. Entonces comprendió que debía ir a buscarla, que ella era la aventura que más anhelaba. Él vendió la moto, el casco y su chupa de cuero. Sí, también su chupa de cuero, pues no quería nada que le hiciera recordar su pasado en la carretera. Con el dinero de la venta fue y compró un anillo de compromiso y corriendo fue a la playa donde ella se encontraba. Era una noche de invierno y hacía frío, pero él solo sentía un ímpetu de amor por todo su cuerpo. Frenó de golpe al ver a lo lejos la silueta que buscaba. Un cuerpo frente al mar, y un cabello que se movía como sabanas al viento, le calmaron, había encontrado a la reina de su corazón.
Escena 3: El reencuentro. La brisa del mar formaba ondulaciones en mi cabello, y las lágrimas jugueteaban en mis mejillas. De repente escuché gritar mi nombre detrás de mí, giré mi rostro y quedé inerte. Nunca hubiera imaginado que volvería a ver lo que en ese momento contemplaban mis ojos. Una figura corría hacia mi. No podía moverme. No sabia si era mi imaginación la que dibujaba su rostro, pero con eso me bastaba para ser feliz. Esa figura frenó a la mitad del trayecto, como si al verme ahí quieta, sentada, le hiciera pensar que su presencia me era indiferente. Yo no quería perder de mis ojos esa imagen, así que fui corriendo hacia ella. Su rostro recobró la sonrisa, y sus piernas volvieron a correr hacia mi. Me lancé al vació, confiada que sus brazos me sustentarían, y Víctor respondió con un largo abrazo. Podía escuchar los latidos fuertes de su corazón en mi oído. Su piel era pura dulzura, sus brazos un escudo que me hacían sentirme segura, incapaz de sentir algo que no fuera felicidad. Su rostro, ahora lleno de lágrimas, dibujó una dulce sonrisa que me estremeció. Ahora me sentía llena, todo se tornaba de color. Su dulces labios rozaron mi frente, bajando por mis mejillas, hasta llegar a mis labios. Era un manjar de felicidad, dulce manjar. En ese momento no necesitaba palabras. El silencio lo llenaba todo y curaba profundamente las heridas de mi corazón.
Escena 4: Dos en la carretera. Él rompió finalmente el dulce silencio, y en voz baja comenzó a cantar cerca del oído de Claudia: "Tu luz ilumina mi corazón, quédate a mi lado nena. Tu sonrisa es como el sol que alumbra mi oscuridad. Nena, por favor, acepta mi anillo de compromiso, porque sabes que eres única y especial para mí". Él no tuvo que repetirlo dos veces y ella gritó sin temor, sabía que solo las olas del mar eran testigos fieles de sus palabras: “sí!!!, sí!!!, acepto tu anillo de compromiso. Y sellaron el compromiso con un largo y cálido beso. Después, y a pesar del frío, los dos se bañaron juntos en la playa. Lo irónico de esta historia es que ella también tenía una moto. Los dos subieron a la moto de ella y salieron juntos a recorrer mundo, pero ahora estaban juntos en la carretera. Él llevaba tan solo la camiseta, pues había vendido su chupa de cuero. Ella le preguntó: “¿no tienes frío?”, y él le contestó: "tu amor me abriga lo suficiente". Mientras él conducía la moto, ella le abrazaba por detrás muy pegada a él. Él volvió a sentirse el rey de la carretera. Él se quedó con la chica y con la carretera, ¿qué más podría desear?, y es que cuando realizas un sacrificio por amor, la vida te devuelve multiplicado lo que sacrificaste. ¿Y ella?, del inquieto y romántico aventurero, ella se convirtió en su mejor aventura, se convirtió en la reina de su corazón.
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