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Rubén Loza

Rubén Loza

Un símbolo

07/04/2009 | 15:00 h.

El presidente argentino más emblemático del último medio siglo, quien encarnó la recuperación democrática de su país, descansa en paz. Cerró sus ojos, la noche del pasado martes 31, a los 82 años. No mucho después, miles de personas se fueron dando cita en la Avenida Santa Fe, entre Rodríguez Peña y Montevideo, frente a su domicilio, para despedirle. Algo ha cambiado en la Argentina, con este adiós.

El vicepresidente Julio Cobos, en ejercicio de la presidencia, fue el primero en dar el pésame a la familia: a la esposa del ex mandatario, María Barrenechea, sus 6 hijos, 24 nietos y 11 bisnietos. El vicepresidente firmó el decreto de duelo nacional por tres días, tras haber consultado a la presidente Cristina Fernández de Kirchner, quien estaba en el exterior.

Nacido el 12 de marzo de 1927, en Chascomús, pueblo del este de Buenos Aires, Raúl Alfonsín, fue hijo de un inmigrante gallego y madre argentina. Joven, se unió a la Unión Cívica Radical. Casado en 1949, un año más tarde se recibió de abogado; en 1951 fue electo concejal. Detenido en la dictadura de Onganía, en 1966, no por ello se vio desviado de su rumbo, ni debilitado nunca en su derrotero. Durante el proceso militar defendió a detenidos y denunció las desapariciones en el exterior.

Finalmente, en 1983, fue elegido presidente con el 51,7% de los votos. Asumió el 10 de diciembre en un acto sin parangón: ante un millón de personas.

Veinticinco años más tarde, al conmemorarse este acontecimiento que marcó el regreso de la Argentina a la democracia, con medidas únicas de reconstrucción de la estructura institucional del país, tomadas por Alfonsín, como el decreto para juzgar a las juntas militares y cúpulas guerrilleras y la creación de la Comisión de Desaparición de Personas para documentar las violaciones de los derechos humanos, Alfonsín -en su última aparición pública- dijo estas palabras conmovedoras: "Juntamos un millón de personas; no podrá hacerse nunca más, porque, gracias a Dios, no habrá más dictaduras".

Alfonsín se creó los antecedentes de lo que sería el Mercosur; llevó adelante programas de alfabetización, de protección a la industria y una intensa obra pública. Por cierto, debió enfrentar tres sublevaciones militares y quince paros generales. También hubo saqueos en ciudades donde actuó con autoridad. Por cierto, por encima de esos contratiempos, su gobierno fue el de un demócrata cabal, que hizo cuanto estuvo a su alcance para que la Argentina recuperara el camino de la democracia.

Cien mil personas desfilaron ante el Congreso argentino, donde fue velado, para darle el último adiós, agradeciendo cuanto hizo precisamente en aquellos duros años para la Argentina. Su liderazgo moral caló hondo, ciertamente. Fue el hombre que representó la honradez cívica, como dijo al despedirle, Julio María Sanguinetti, dos veces presidente del Uruguay.

Raúl Alfonsín fue un político de raza; serio, paciente, generoso en la entrega. Algunas de sus derrotas, el tiempo las tornó más honrosas que una victoria. Dió mucho a su país como para que éste no le retribuyera a manos llenas. Ahora que no está, su ejemplo de dignidad y nobleza ha comenzado a trabajar, proyectando nuevas esperanzas. Así lo ha percibido el país entero, que hoy le ha convertido en un símbolo. Su voz sin ataduras, diría Auden, enseñó al hombre libre a entender y alabar.

07/04/2009 | 15:00 h.

Rubén Loza

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