Mario Vargas Llosa pasó, hace veinte años, por Montevideo y en esa época estábamos cerca de las elecciones, aquí. Mantuvo una conversación con el candidato del liberal Partido Nacional, Luis Alberto Lacalle, a la que, por mi amistad con ambos, asistí. Salvo los fotógrafos, creo recordar que fui el único testigo. Las preguntas que realizaba Vargas Llosa giraban en torno a temas que consideraba neurálgicos (la economía, la educación, el desempleo, el ejercicio de la libertad) y no cuantitativos. En determinado momento mostró su sorpresa al ver que las diferencias con Batlle (el candidato socialdemócrata Colorado, con había hablado antes) eran casi imperceptibles. Se trataba de hombres muy alejados "de la barbarie".
En Uruguay ganó poco después Lacalle. Como no hay reelección (debe dejarse pasar un período) fue elegido después (por segunda vez) Julio Sanguinetti y, luego, Jorge Batlle. Ahora gobierna la coalición de izquierdas Frente Amplio, y el presidente Tabaré Vázquez ha sugerido que podría postularse en el 2014.
El 25 de este mes se realizan las elecciones en Uruguay. Y hacia allá vamos, en medio de una campaña muy diferente a las anteriores, y a lo relatado más arriba. La misma carece de todo estilo; es dura, sucia, con ribetes insólitos. Y esta vez está en juego algo más que un cambio de gobierno: acaso el estilo de vida de un país, pues las diferencias son frontales.
Y esto, que me resulta nuevo, ha tenido en estos días, sin querer, una explicación, en páginas ajenas que me han enfrentado como ante un espejo a la realidad que vivimos. He llegado a la conclusión, mal que nos pese a quienes alguna vez nos llamaron la "Suiza de América", que nos abismamos en el tercer mundo. ¿Por qué? He leído estas esclarecedoras palabras de Mario Vargas Llosa, en su espléndido y reciente libro, Sables y utopías, en un artículo titulado Bostezos chilenos. Dice allí: "Lo prototípico de una elección tercermundista es que en ella todo parece estar en cuestión y volver a foja cero, desde la naturaleza misma de las instituciones hasta la política económica y las relaciones entre el poder y la sociedad. Todo puede revertirse de acuerdo con el resultado electoral y, en consecuencia, el país retroceder de golpe, perdiendo de la noche a la mañana todo lo ganado a lo largo de años o seguir perseverando infinitamente en el error. Por eso, lo característico del subdesarrollo es vivir saltando, más hacia atrás que hacia delante, o en el mismo sitio, sin avanzar".
Y esto sucede aquí y ahora. Es lo que ocurre con el conglomerado de izquierdas Frente Amplio, que postula al ex guerrillero tupamaro José Mujica (quien figura en primer lugar en los sondeos) enfrentado al ex presidente Lacalle, al ex ministro colorado Pedro Bordaberry y al independiente Pablo Mieres.
Sabemos que esta elección se dilucidará, vistos los sondeos, entre los dos primeros. A José Mujica ha hablado mal de la Argentina en general (porque sí) y hasta de su partido en particular, y ha dicho que descree de la justicia, se lo identifica con una frase que él mismo acuñó y le va como anillo al dedo: "como digo una cosa, digo la otra". Lacalle tiene ante sí a este rival que toma sus palabras, las descontextualiza, dándole interpretaciones grotescas, hirientes y menores, y, además, una y otra vez se niega a debatir con el candidato de los Blancos, por los caminos de la civilización que conocíamos (antes se debatía, aquí), y responde que lo hará si le conviene.
Por eso, al advertir el entorno, sentimos envidia de Chile, ese país del "bostezo", como lo llama Vargas Llosa, que hoy "busca sus emociones fuertes en la literatura, el cine o el deporte, y no en la política". ¡Qué maravilla! Aquí, tercermundistas como somos, seguimos a los saltos y para nada aburridos. Así nos va.

