Así como los chinos atribuyen a los años las cualidades de algunos animales, nosotros, europeos occidentales, deberíamos buscar algún modelo que sirviera de representación simbólica de los avatares que vivimos anualmente. Si 2009 fuera un animal patrio, podría ser el año del lince -por recordar la campaña de la Iglesia cuestionando la protección del nasciturus con relación al sobreprotegido felino nacional-; podría ser, también, el año de la anchoa, cuya veda ha sido levantada por las administraciones competentes con el acuerdo de los expertos.
Sería, por qué no, el año del cerdo, animal que se reboza y entretiene entre el fango de la miseria y la corrupción, esa ponzoña tan inherente a nuestros cargos públicos y tan aborrecida por el ciudadano contribuyente, aunque, dicho sea de paso, con diferente valoración según el cristal con que los votantes miran. Cerdos también debían de ser los que suministrasen el ibérico más preciado en estas fechas, y cuya caída nada simbólica en el mercadeo de sobres y bufandas navideñas de este año, es ya un primor entre los ejecutivos que se enfundan bonus mientras sus empleados añoran cestas. El año del jamón desde luego no habrá sido 2009.
Si este año que nos deja hubiera sido animal, vegetal o cosa bien hubiera podido tener muchas denominaciones. Demasiadas, casi tantas como acontecimientos que se nos han planteado mes a mes, semana a semana. No ha sido un año fácil, desde luego. Podríamos llamarlo, quizá, el año de Job, el de la santa paciencia que para Rajoy sí tiene límite. O podría haber sido el año del bigote, no el del Aznar entrometido y puñetero, sino el de los mostachos simétricos a modo de Gran Capitán de gestas heroicas de ese personaje pequeño y superfluo que tanto se quiere telefónicamente con Camps y cuya buchaca, llena hasta los topes, compartía con Correa, el deprimido.
Si fuéramos taurinos podríamos decir de 2009 que ha sido el año de José Tomás, pero alguien podría ofenderse y reclamar derecho de réplica, por ejemplo en La Noria -ese programa de patio tan popular en nuestra dañada televisión- donde un José Tomás, sastre, remató el traje que le ha cortado a su cliente valenciano, el de las ganas locas, locas de hablar ante el juez.
Y si se tratara de un color, quizá el más adecuado fuese el negro, no por la trayectoria de nuestra economía, tan oscura, sino por la presidencia de Obama, el primer negro -y no esa cursilería de afroamericano tan hipócrita y formal- que sienta sus reales en el despacho oval, allí, en el centro del mundo, en la Avenida de Pensilvania.
Si 2009 es algo objetivo, es que será el último año de la década, si me aceptan la broma. Una década que comenzó cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo por efecto de un terrorismo islámico que nos anunció el retorno de la historia, hasta entonces liquidada bajo las ruinas del muro de Berlín por un funcionario de la Casa Blanca llamado Fukuyama, muy celebrado por el neoliberalismo reaganiano.
Será el año en que nos dejó el chico de ayer, Antonio Vega y el de la reedición de thriller disco de aquel muchacho de goma -el Michael Jackson, que diría el Chikilicuatre- que reinventó el baile mientras quería reinventar su infancia, anegada por la inmundicia de un padre despreciable. Despreciables fueron, finalmente, los brotes verdes, que se quedaron en eso, en brotes, no sé si verdes o amarillos. Pero sólo brotes en el año del paro, esa figura retórica que representa mejor que nada el dolor de 2009.
Cerrará el año un barómetro del CIS que nos dice que prácticamente el 80% de los españoles vivimos bajo el miedo del desempleo, la principal amenaza que nos agobia. Rajoy responde con las manos en la masa en la cocina de un albergue de pobres, no se sabe si como demostración de compromiso misionero o como metáfora de un destino imprevisible entre cacharros e indigencia.
2009 se habrá ido pronto y no quedará sino un vago recuerdo de sus tristezas y alegrías. Sinceramente, no creo que nadie lo eche de menos y mucho menos que alguien se tome la molestia de ponerle nombre. Le ocurrirá como a aquel gafe que se paseseaba por el Café Gijón y al que todos se referían como el "innombrable".
Pero si me lo permiten, yo propongo en austera soledad un nombre animal para esta animalada de año que nos deja: el año del alacrán. Que por efecto de la nueva y positiva influencia vasca que inspira el lehendakari López, habrá de convertir su c en k, y, por supuesto, feminizarse: quedando así el año de la "La alakrana", en virtud del notable protagonismo que Aído, la "miembra" del Gobierno que trata de las igualdades y desigualdades, ha tenido en algunas memorables leyes, de esas que retuercen a Rouco hasta exprimirlo.
Alakrana que ha inaugurado un nuevo planteamiento en el modo en que se tratan los asuntos de la seguridad de los españoles: con deslealtad, oportunismo y desvergüenza hasta límites insospechados, quizá más allá, por lo menos, de los que marca la seguridad de la operación Atalanta.
Pero yo me quedo con cuatro nombres de este año: Roque, Albert y Alicia, secuestrados por Al Qaeda en Mauritania por ser solidarios, y el de Juan López de Uralde, Juantxu, secuestrado por el sistema judicial danés por defender la salud de nuestro planeta y la vida de todos nosotros.
Feliz 2010, y que sea el año de la esperanza, sustantivo que habla de anhelos y confianzas o virtud teologal antes que nombre propio tan impropio, en algún caso, de quien lo viste y calza.
Brindo con ustedes por la de verdad en 2010.

