El mundo es un lugar extraño en el que nuestras pesadillas no terminan de producirse tal y cómo las concebimos y, en cambio, la realidad nos somete a episodios de terror que dejan a la imaginación desbocada de nuestros sueños, convertida en un librillo de cuentos como esos que prologa Ana Botella por Navidad. La verdad siempre supera a la mentira y la realidad deja a la ficción como un juguete roto en la sala de juegos.
Buena prueba de ello es que mientras soñábamos con el fin del mundo víctimas de meteoritos que impactaban contra la Tierra, nuestro planeta nos ha dado una lección de terror que no supera ninguna película de Hollywood con cualquier presupuesto que le pongan. Bien lo saben los haitianos. Nuestra imaginación, a la postre, tiene alguna válvula defensiva que impide diseñar en la mente el horror absoluto. Ni Dante ni Kafka hubieran recreado con su imaginación tanto horror como lograron el cabo austriaco, su amigo el doctor engominado y el gordo con el medallero en el pecho. Ni por asomo. Debe de ser algo evolutivo. Algo en nuestra naturaleza que protege nuestra mente; que la mantiene a salvo de las peores pesadillas, que no son otras que aquellas que luego algunos de los nuestros son capaces de ejecutar con total naturalidad.
Hannah Arendt se espantó con Eichmann durante el juicio al que fue sometido en Jerusalén, porque tras sus actos de exterminio sistemático del pueblo hebreo no se ocultaba un carnicero malévolo con la baba colgando. Todo lo contrario. Había un funcionario serio, metódico, riguroso en ejercicio de su función administrativa. Movía contingentes de judíos como quien transporta sacos de harina. En algún momento durante las sesiones, uno de los fiscales lo describió como un monstruo. Se indignó con ira: él era un hombre disciplinado que había cometido con eficacia su labor. ¿Es posible imaginar algo tan horrible? De ninguna manera.
Hannah Arendt definió la actitud del dirigente nazi como "la banalidad del mal". La facilidad de algunos para destruir y dañar como cumplimiento de una tarea encomendada. El Consejo Mundial Judío le recriminó su tesis a la escritora y filósofa: sólo el peor monstruo era capaz de eso. Y no se equivocaban; el peor monstruo es el que es capaz de hacer lo que somos incapaces de imaginar y, además, hacerlo sin ningún entusiasmo más que el de hacer las cosas como se debe.
Ray Bradbury imaginó un mundo en el que los libros eran destruidos y perseguidos aquellos que conservaban alguno, en su novela Farenheith 451; era la forma de describir el miedo que le causaba la dirección que tomaba el mundo de la guerra fría y nos advertía con su obra de nuevos totalitarismos que se ensañarían contra nuestra inteligencia. Y Orwell, en su libro 1984, vaticinó un mundo en el que seríamos una masa informe a cargo de un poder con una fuerza tecnológica que nos reduciría a una estúpida mano de obra auxiliar. Ya Fritz Lang, en Metrópoli, obra expresionista que refleja la existencia de un estupendo viejo cine alemán, nos convirtió en esclavos de las máquinas evolucionadas. Chaplin hizo lo mismo, pero con el humor que le caracterizaba.
La verdad es que el futuro imaginado por estos creadores no ha sido así. Hasta el momento. Quienes teorizan sobre las llamadas nuevas tecnologías, que ya no son tan nuevas, nos hablan de libertad e intercambio cultural: es decir, de progreso. Las profecías sobre la tragedia implícita en el desarrollo no se han cumplido. Tampoco se ha hecho la revolución que imaginó Marx en un estadio de desarrollo tan avanzado. Y eso no diré yo si es bueno o malo.
Nadie imaginó a Ben Laden cumpliendo su propósito de derribar las Torres Gemelas, aun cuando lo había intentado en otra ocasión. Y yo nunca me hubiera creído antes del 11S que jugaran con fotoshop y fotos de Llamazares para hacer un futurible sobre el rostro del criminal más buscado. Aunque después del 11S, he de decir no sólo que me lo creo, sino que seguro que Carod-Rovira está en los archivos de alguna Agencia por si un criminal demente tiene algún rasgo que se le asemeje. Es la herencia que dejó el paso de Aznar por el rancho de su amigo texano.
Y, finalmente, les diré que creo que no somos capaces de imaginar las cosas terribles que somos capaces de hacer no porque ese autocontrol inconsciente lo impida, sino porque somos desgraciadamente y terriblemente insensatos. Si no, la explicación a la actitud hipócrita de sacar el tema de los inmigrantes y su situación en España, que han hecho el PP y sus corifeos, mientras cientos de familias quieren adoptar niños pobres y negros haitianos para salvarlos, o nos volcamos lánguidamente sobre el drama de los pobres castigados por la tragedia natural con todo tipo de ayudas, sería la de unos políticos y unos votantes que, incapaces de imaginarse a sí mismos haciendo el mal de la doble moral, están practicando una nueva modalidad fácilmente imaginable, la del cinismo banal y electoral.
Un mal que, desde luego, no es un mal menor. Y sin despeinarse.

