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Primo González

Primo González

La solución: dinero y regulación

03/04/2009 | 15:06 h.

La acogida a las medidas anunciadas por el G-20 ha sido sumamente favorable y los mercados se han esforzado este jueves en rivalizar por ver quien ofrecía la mejor de las ovaciones. Es notorio que en España hemos tenido que hacer un ejercicio de abstracción para no dejarnos embadurnar por el pesimismo, lógico por otra parte, derivado de los datos del desempleo, que un mes más aumenta a ritmo superior a las 100.000 personas. Un dato que quizás no sirva de momento para gran cosa pero que debería ponernos ante el inexcusable deber de hacer en el frente interno algo más y bastante mejor que lo hecho hasta ahora por el Gobierno Zapatero. Casi nada de lo que han acordado en Londres los máximos mandatarios mundiales servirá para sacarnos de la crisis a los españoles si aquí, a escala doméstica, no se hacen las cosas bien y con más ahínco.

Hay, en relación con las decisiones del G-20, un motivo inicial para el aplauso, el de que todos los grandes líderes mundiales parecen querer remar en la misma dirección, superando esa aparente bipolaridad que se manifestó en los días previos a cuento del binomio dinero-regulación, o sea, más liquidez o más intervensionismo. Es decir, más políticas fiscales (sobre todo más gasto) o más disciplina para evitar que las cosas vuelvan a repetirse. Al menos, no con los mismos efectos letales.

Parecía un dilema un tanto falso, ya que el desarrollo de la crisis financiera y económica en los últimos meses ha puesto de relieve la necesidad de afrontar ambos desafíos de forma simultánea, aunque el énfasis será mayor en unas zonas a favor de uno de los dos polos del problema y a la inversa. Parece claramente que Estados Unidos necesita más seriedad, severidad y eficacia en montar una buena "policía" financiera, aspecto en el que los europeos parece que vamos bastante por delante, aunque no por ello sean necesarias algunas reformas sustanciales, dirigidas sobre todo a evitar la enorme dispersión de los organismos nacionales de supervisión y sobre todo la deficiente coordinación de los mismos.

La formidable reacción positiva de los mercados será puesta a prueba, sin embargo, en el curso de los próximos días, cuando se vayan conociendo los detalles de lo acordado y la letra pequeña. Y, sobre todo, en los próximos meses, cuando se constate la voluntad real de plasmar en la realidad los buenos propósitos que inundan la declaración de Londres. Hay mucho trabajo por delante, hay muchos cheques que extender, hay muchas medidas de ámbito nacional que aprobar y, sobre todo, hay que echar a andar de verdad el gobierno económico global mediante instituciones ya existentes pero remodeladas y bien equipadas financieramente.

Si de algo han servido las dos reuniones internacionales de estos últimos meses, la de Washington primero y la de Londres ahora, es para poner de relieve la necesidad de una coordinación económica y monetaria mundial más avanzada, ya que el terreno de juego es hoy planetario, no hay bloques económicos ni parcelas estancas, dentro de las cuales se pueda vivir apaciblemente. La crisis financiera de estos últimos meses es la demostración más palpable de que no sólo no se puede vivir aislado, sino que el aislamiento tiene un coste a veces superior en términos económicos.

Una de las preocupaciones que inevitablemente emergen de este balance de políticas de apoyo a la demanda en el que están inmersos los países occidentales, y que en las reuniones de Londres ha recibido un nuevo impulso, es el del recuento de los costes y la forma de afrontarlos en el futuro, ya que hay evidencias cada vez más inquietantes que señalan la enorme dimensión de la hipoteca que a futuro estamos proyectando sobre las generaciones venideras. Quizás no sea este el momento más apropiado para ponerle un plazo a este inmenso crédito que el mundo se está dando a sí mismo para salir de la crisis, pero en algún instante ese macrocrédito tendrá que tener un plazo y unas obligaciones de amortización.

03/04/2009 | 15:06 h.

Primo González

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