La estafa piramidal del broker estadounidense Bernard Madoff ha sido, de momento, la gota que ha colmado el vaso, en cuyas aguas han naufragado no sólo los 50.000 millones de dólares que Madoff dice haber evaporado por sus malas artes sino los restos de confianza en los intermediarios financieros y por extensión en las instituciones financieras (en especial las especializadas en banca privada o gestión de patrimonios medios y altos) que han movilizado estos patrimonios, conduciéndolos no sólo a terrenos de baja rentabilidad sino de pérdida parcial o incluso total del patrimonio gestionado. Una cosa es la ineficacia en la gestión o los resultados deficientes de la misma y otra cosa distinta es la actuación delictiva de los gestores. A medida que la crisis financiera se ha ido agravando en los últimos meses hemos sido testigos de este tránsito desde la ineficacia a la delincuencia.
Adicionalmente, a la quiebra de la confianza en los gestores se ha unido la crisis de confianza en los organismos reguladores, en especial de Estados Unidos, que no han sido capaces de detectar actividades ilegales incluso si estas alcanzaban proporciones masivas, como ha sido el caso de los fondos que giraban en torno a Madoff. Es decir, el vigilante de los mercados se ha visto desbordado por la falta de escrúpulos y por el empleo engañoso de los mecanismos de mercado por parte de gestores que han causado grandes quebrantos patrimoniales a sus clientes. El papel de las instituciones reguladoras sale gravemente dañado de esta crisis y exige una pronta restauración para que los mercados puedan volver a recuperar la confianza entre los diversos agentes, un proceso que en todo caso se adivina largo y muy supeditado a las intervenciones masivas de los Gobiernos.
Bajo este prisma, el año 2008 rompe todos los esquemas tradicionales de la inversión colectiva, ya que ha provocado la quiebra casi plena del principio de confianza en el que se asentaban las actuaciones de los gestores de patrimonios y de carteras, en suma, los gestores de los fondos de inversión. Es preciso sin embargo distinguir entre los gestores de grandes fortunas o de instrumentos de ahorro muy especializados (básicamente los hedge fund) y los gestores de las entidades de inversión colectiva que tienen como clientela a masas anónimas de inversores minoristas. El segmento más castigado por los quebrantos ha sido en principio el primero, es decir, el de las fortunas de rango alto que han entrado en crisis de insolvencia en algunos casos absoluta, con la pérdida a veces completa de los patrimonios ahorrados.
El estado de la inversión colectiva, sin embargo, ha sido bastante distinto, por fortuna para los millones de pequeños inversores que cuentan con pequeños patrimonios invertidos en los 3.000 fondos de inversión domiciliados en España y los 1.100 planes de pensiones que están registrados en el Ministerio de Economía. En los últimos años, estos dos productos de ahorro han ido alcanzando cotas importantes de penetración en las economías familiares, que tienen en ellos una parte significativa de su patrimonio familiar en un país en el que la parte esencial del patrimonio de las familias está en bienes inmobiliarios.
Las recientes crisis de Lehman Brothers y del broker Bernard Madoff han afectado también, con sus quebrantos, a los instrumentos de ahorro españoles, aunque el impacto directo de los activos tóxicos ha sido de cuantía menos que simbólica, al haber afectado a poco más de 107 millones de euros al conjunto de fondos de inversión y sicavs (sociedades de inversión). La exposición media de los activos dañados ha representado, en los 39 fondos y 185 sicavs que han invertido en estos productos, un 4,73% del patrimonio gestionado. Unas cifras que no han representado impactos importantes en casi ninguno de los fondos afectados pero que comparadas con el conjunto del patrimonio gestionado por el sector apenas representa el 0,05% del total.
El año 2008 no ha sido, al margen de estas incidencias, un año favorable para los fondos de inversión ni para los planes de pensiones desde el punto de vista de las rentabilidades. Por un lado, las inversiones en fondos y en planes de renta variable o de tipo mixto han cosechado importantes pérdidas, como testimonian los índices bursátiles más representativos de los mercados en los que operan los fondos de inversión y los planes de pensiones españoles. Tomando como referencia el mercado español de renta variable, el Ibex 35 ha terminado el año con una pérdida del 39,4%, una caída que ha hecho historia ya que es la más elevada desde que funciona el selectivo, a principios de los años 90 del siglo pasado, es decir, hace casi 20 años. Aunque los gestores han cosechado resultados muy dispares en los fondos de inversión, ninguno de los fondos que se comercializan en España ha logrado obtener beneficios en la renta variable. Las pérdidas han oscilado entre el 10% de los más beneficiados hasta el 60% de deterioro en los más castigados. La altísima volatilidad de los mercados de renta variable ha jugado un papel muy activo a la hora de diferenciar a los diferentes gestores que actúan en el mercado. Pocas veces se habían visto en el mercado español de fondos unas diferencias de rentabilidad tan acusadas como las que en el presente ejercicio estamos observando.
Las únicas rentabilidades dignas de tal nombre las han cosechado los fondos de inversión españoles en el segmento de la renta fija a largo plazo y particularmente en los mercados dolarizados, es decir, en los que los fondos han adquirido valores denominados en dólares, que se han aprovechado de la excelente racha alcista de las divisa norteamericana frente a la europea, el euro. Hay un apreciable número de fondos, superior a la veintena, cuyas rentabilidades han concluido el año por encima del 10% e incluso del 20%. En estos fondos ha influido también la evolución altamente positiva de las valoraciones de mercado, ya que la caída de tipos de interés a largo plazo ha beneficiado las cotizaciones de los bonos de más larga duración, factor del que se han aprovechado algunos gestores para cosechar ganancias impensables en un mercado tan crítico como el que hemos estado viendo en los últimos meses.
El resto de la inversión colectiva (fondos de renta fija a corto plazo y fondos monetarios, además de los garantizados) ha logrado unas rentabilidades generalmente superiores al 1% en el conjunto del año pero inferiores a la tasa de inflación. El perfil del inversor español es eminentemente conservador y defensivo, un perfil que se agudiza en etapas de incertidumbre y de pérdidas en los mercados, como la que estamos viviendo desde hace año y medio. En este periodo, los fondos han padecido importantes salidas de dinero debido tanto a la desconfianza en los instrumentos de inversión colectiva como a las atractivas ofertas alternativas que las entidades financieras han comercializado agresivamente durante los últimos meses, con objeto de paliar sus considerables deficiencias de liquidez y las dificultades para financiarse en mercados interbancarios internacionales.
La huida del ahorro hacia los depósitos bancarios de alta remuneración es posiblemente un fenómeno de cuyo auge cabe esperar pocos desarrollos en el futuro. Si la situación bancaria se normaliza, en especial en los mercados mayoristas, y los tipos de interés retornan a tasas más bajas que los actuales (proceso este que parece estar en marcha desde hace unos pocos meses), cabría la posibilidad de que el dinero que masivamente ha abandonado los fondos retorno a la inversión colectiva. De hecho, los depósitos bancarios han dejado ya atrás sus mejores rentabilidades de principios de noviembre y están en claro proceso de revisión a la baja, lo que facilitaría el retorno del dinero a los fondos de inversión. Es necesario, sin embargo, que la Bolsa ayude en esta dinámica de retorno a la normalidad en el mundo del ahorro-inversión, algo que los analistas consideran que podría producirse a lo largo de la segunda mitad del año entrante, aunque hay diagnósticos algo más pesimistas.
El elevado grado de incertidumbre económica y financiera está condicionando no sólo el análisis de los expertos sino la capacidad de los inversores para asumir riesgos de mercado. El grado de seguridad que exigen ahora mismo los inversores para sus inversiones es uno de los limitadores más importantes, si no el que más, para que el mercado retome una senda alcista. Máxime en un momento en el que las economías desarrolladas entran en recesión y padecen los serios problemas derivados de una crisis financiera que ha hundido sus raíces en lo más profundo del sistema.

