Las agencias de calificación de riesgos, tan denostadas por su monumental despiste con ocasión de la quiebra de Lehman Brothers, que no diagnosticaron en absoluto ya que consideraban al banco de inversión un auténtico laureado cargado de virtudes, se muestran estos días muy activas. Han pasado por el purgatorio de la crítica generalizada y reviven de sus cenizas. Estos días -este martes, en particular- han hecho acto de presencia con numerosos diagnósticos de países y de sectores, también de algunas compañías. Dispuestas a que no les pillen por exceso de condescendencia con sus analizados, en las últimas semanas han redoblado su cariz más ácido, sus enfoques más críticos. Hay un dicho que afirma que tan malo es pasarse como no llegar. Parece que hace dos años pecaban por no llegar. Ahora quizás estén pecando por lo contrario. ¿Se están pasando?
Standard & Poor's, Moodys y Fitch, las tres principales, han salido con el prestigio dañado en su imagen de solvencia. Solvencia analítica se entiende. No diagnosticaron bastantes cosas rasas de las que sucedían en la economía explosiva de los años pasados, sobre todo cuando el mundo global estaba en el cenit de la felicidad, allá por el año 2006 e incluso 2007. Era la apoteosis del capitalismo y del sistema. Está claro que se ha producido una masiva y rotunda recogida de velas, aunque no todos con el grado de sinceridad que hubiera sido recomendable.
Las agencias de calificación no han sido objeto de regulación alguna a pesar de los flagrantes tropiezos. Se han reclamado desde muchos rincones la puesta en práctica de normas de conducta menos permisivas y el establecimiento de tribunales que examinen al examinador, ya que en caso contrario puede surgir una especie nepotismo intelectual, en la que los informes de solvencia de las firmas o países analizados se deslicen con facilidad por la senda de la vista gorda, del favoritismo o de la miopía intencionada. Lo que estaba claro hace dos años o más es que las agencias de calificación gozaban de gran prestigio en sus análisis y eran obedecidas por los mercados casi a pies juntillas. Sus clamorosos errores de apreciación en la crisis de Lehman y de algunas otras peripecias anejas parecen no haberles restado un ápice de influencia en los mercados. Un análisis levemente crítico sigue produciendo sonrojo a quien lo recibe y un auténtico problema en la apreciación pública, lo que se traduce en problemas de mercado.
Que se lo pregunten a Grecia por lo sucedido días pasados. Que se lo preguntan también a las autoridades españolas, que han tenido que desplegar sus argumentos persuasivos para desmontar las últimas críticas vertidas por el reciente análisis de S&P sobre la deuda española. Que se lo pregunten también a los ingleses, sometidos estos días al severo juicio público que provoca la escasa eficacia de su primer ministro Brown, que está conduciendo a la economía del país a una difícil situación, Que se lo preguntan también a México, que este mismo martes ha recibido su correspondiente varapalo por no hacer bien las cosas en política económica y presentar, por ello, un futuro incierto para salir de la recesión. Todos estos clientes de las agencias de calificación han recibido sendas reprimendas, aunque es evidente que meter en el mismo cajón a los cuatro sería un atentado contra el buen gusto y desde luego contra el rigor económico.
Las agencias de calificación de riesgos están, por tanto, en plenas facultades, en pleno uso de su capacidad de influir en el mercado. Nadie les ha restado un ápice de su poder. Su principal enemigo fueron ellas mismas, cuando llenaron de galardones a bancos de inversión que estaban más allá de la quiebra. Nadie les ha pasado factura por tantos errores. Es más, siguen administrando con eficacia y éxito de audiencia las calificaciones más diversas a Estados soberanos o a emisores de diversa índole. Hay una cierta sensación de que la recuperación de su prestigio les está llevando a ser un poco más severos en sus apreciaciones ante el riesgo de equivocarse de nuevo. En la búsqueda de un punto de equilibrio entre el alarmismo y la condescendencia, sus últimos dictámenes pueden cometer algún que otro agravio. De momento, los mercados les otorgan credibilidad y actúan al compás de sus dictámenes, como hemos podido comprobar estos días. Aunque no estén en su mejor momento, siempre queda la duda de si esta vez acertarán de verdad metiendo el miedo en el cuerpo a varios países cuyas cuentas públicas han entrado en una deriva peligrosa.

