La guerra abierta ha estallado en Repsol YPF, la petrolera española. Nadie lo habría dicho hace unas pocas semanas con motivo del enésimo anuncio de descubrimiento de un nuevo yacimiento en alguno de los numerosos escenarios en los que la compañía que preside el auditor Antonio Brufau realiza sus pinchazos. Catorce lleva este año, algunos de los más importantes y prometedores en Brasil, que puede colarse pronto como una de las potencias de la OPEP. Nunca en la historia de Repsol se habían aflorado tantas reservas nuevas como las que la compañía ha anotado este año. Su valor en Bolsa no ha resurgido en línea con estas buenas noticias porque el precio del petróleo ha estado a la baja buena parte del año y porque la demanda de productos petrolíferos está en posición débil, como la economía en general. Aún así, Repsol gana más del 30% en Bolsa desde principios de año.
Lo cierto es que con tan buenas noticias para su balance energético, Repsol no ha podido librarse de una importante caída en sus resultados. Hasta septiembre la sociedad ganaba un 55% menos, es decir, menos de la mitad de lo que había ganado el pasado ejercicio por la misma época. Ya el pasado año había experimentado un recorte de sus ganancias del 15%, de modo que este año el resultado va a empeorar los ya malos de 2008. A pesar de todo ello, a primeros de año, Repsol decidió subir el dividendo a cuenta del pasado ejercicio en un 5%. En julio decidió consolidar aquella subida del 5% a la hora de pagar el complementario, totalizando los 1,05 euros por acción que la han costado a la sociedad unos 1.200 millones de euros, de los cuales Sacyr, principal accionista (un 20%) se lleva cerca de 260 millones de euros.
Tras el balance de septiembre, al presidente se la ha ocurrido la idea -bastante tardíamente, como hemos visto- de rebajar el dividendo, cosa bastante lógica, aunque el recorte sea apenas de un 20%. Hay expertos que dicen estos días que el recorte debería ser bastante superior, ya que con un 20% de descenso apenas se ahorra 250 millones de euros y el problema de Repsol parece ser de bastante más enjundia. Sus planes de inversión en el Plan Estratégico (5 años, hasta 2012) hablaban (antes de la crisis) de algo más de 30.000 millones de inversión. Sólo las inversiones requeridas para poner en explotación los importantes hallazgos de Brasil requerirán, como ha reconocido hace apenas una semana el propio Brufau, unos 10.000 millones de dólares, cifra que la compañía no sabe bien dónde encontrar a estas alturas, ya que el flujo de caja de la propia petrolera no parece permitirlo. La rebaja del dividendo sería una ayuda, aunque insuficiente. Repsol necesita realizar algunas desinversiones, pero las previstas están en su mayor parte paralizadas.
En esta tesitura, el principal accionista de la petrolera, el constructor Sacyr (Luis del Rivero, vicepresidente primero de la compañía, cuyas relaciones con Brufau al parecer son inexistentes) se ha plantado y exige un cambio drástico en la gestión. Incluso ha planteado la necesidad de un relevo al frente de la compañía. Del Rivero nunca ha sido un socio cómodo para Brufau ni para Repsol, ya que el antiguo auditor auditor, reconvertido hace unos años en presidente de la petrolera, le considera poco menos que un especulador y, desde luego, con muy escasa noción de las cuestiones petroleras y energéticas.
La semana próxima hay reunión del Consejo de Administración y pueden saltar algunas chispas, aunque la batalla está ya abierta y se desarrolla en amplios frentes en los que uno y otro contendientes (es decir, Brufau, que en este caso no parece contar con el apoyo de sus antiguos compañeros de La Caixa, dueños del 14% de Repsol, y Del Rivero, un empresario que suele moverse mejor en los medios políticos que en los empresariales, aunque en estos también) manejan argumentos sólidos aunque en el caso de Del Rivero hay también cuestiones de índole financiera muy determinantes. Sacyr recibe cada año como agua de mayo el dinero del dividendo para poder pagar los intereses de su cuantiosa deuda asignada precisamente a la compra de su 20% en Repsol, unos 5.000 millones de euros.
Del Rivero compró Repsol ante el asombro de la clase empresarial a finales del año 2006 y pidió un crédito de 5.175 millones a 5 años a varios bancos para hacer la operación, entre ellos Caja Madrid y Santander, principales financiadores. Sin dividendos en Repsol, Del Rivero está a la quinta pregunta. De ahí su insistencia en subir la remuneración que la petrolera da a los accionistas, aunque sea a costa de descapitalizar a la compañía y desde luego al margen por completo de los resultados, ya que en buena lógica debería existir una cierta correlación entre la evolución del beneficio y la del dividendo o, por decirlo con palabras de los bolsistas, mantener un "pay out" razonable aunque estable.
Además, ahora no puede amenazar fácilmente con marcharse y vender su participación a una compañía extranjera (¿rusa?) como ha hecho otras veces. Sus acciones tienen un coste medio posiblemente superior a los 25 euros y Repsol cotiza por debajo de 19 euros y eso después de la fuerte subida desde principios de marzo (en el último año ha llegado a estar en los 11,2 euros, cotización mínima en 52 semanas), lo que pone de relieve las minusvalías gigantescas que la operación podría acarrearle. Los sondeos de meses atrás para vender este paquete del 20% no dieron buenos resultados, ya que nadie parecía dispuesto a dar más de 20 euros por acción y eso contando con el más que probable veto del Gobierno si el accionista no era del agrado o se consideraba ampliamente ajeno a lo que podríamos llamar los "intereses nacionales". En suma, un embrollo considerable. El dividendo de Repsol puede convertirse este año en cuestión de Estado.

