A golpe de sobresaltos, la Unión Europea se está viendo abocada a acelerar cuanto antes la formulación de una política energética más acorde con sus necesidades. Primero ha sido el impresionante sobreprecio del crudo, que en junio pasado llegó a sus máximos históricos aunque luego se ha desinflado, ya que desde septiembre pasado ha descendido en un 68%. Ahora es la crisis del gas natural, derivada del problema que ocasionan las malas relaciones entre Ucrania, paso obligado de la mayor parte del gas ruso a Europa (un 80% llega por territorio ucranio y el 20% restante a través de Bielorrusia), un suministro que representa el 42% de las importaciones de gas natural europeo.
Con Rusia no hay un problema de precios. Lo que hay es un problema de precios entre Rusia y Ucrania, ya que este país (candidato a entrar en la OTAN y, por ello, nada amigo de Moscú) pretende pagar a los rusos el gas natural que adquiere a un precio que es la mitad del que está vigente en el mercado internacional. Y los rusos se han plantado cortándoles el grifo. Naturalmente, el principal perjudicado es el mercado europeo, ya que el grifo que hay a la entrada del mercado de Ucrania es no sólo para abastecer a este país sino a buena parte de Europa. Los países europeos clientes del gas ruso están pagando, a la postre, por las malas relaciones entre dos países terceros, uno que vende el gas y el otro que no quiere pagar el precio que le piden.
No es un conflicto fácil para Europa, que carece de alternativas energéticas a corto plazo (es decir, no puede sustituir el gas ruso por otra fuente energética de forma inmediata) y que además debería exigirle al vendedor que el problema del transporte del producto es un problema ruso, no europeo. Por desgracia, esta última cuestión no deja de ser más teórica que real, ya que el gas natural "viaja" por gasoducto y por lo tanto su medio de transporte es obligadamente multinacional, lo que coloca a los proveedores y clientes en una posición delicada de dependencia múltiple. Posiblemente nunca se debería haber llegado a esta situación. ¿Cómo es posible que un simple gasoducto sea capaz de poner en jaque a las economías europeas debido a que a través suyo circula la mayor parte del gas que consume Europa Occidental? Una aberración de la que estamos dándonos cuenta demasiado tarde.
La búsqueda de opciones alternativas resulta imprescindible y una de ellas debería consistir en fomentar la instalación de plantas de regasificación en los principales puertos europeos, como ha hecho España, que en este caso, al estar en el extremo sur de Europa, nunca ha sido cliente del gas ruso (aunque ahora ya puede serlo) sino que ha optado por la solución más próxima que consistía en abastecerse al otro lado del Mediterráneo, primero mediante la importación de gas por barco (el gas natural licuado, que debe ser licuado en Argelia, es decir, en los yacimientos, y que puede es regasificado en las plantas españolas de la costa mediterránea) y más recientemente mediante un gasoducto (que por cierto atraviesa un país tercero, Marruecos, caso similar al de Ucrania con el gas ruso). Si Europa tuviera plantas de regasificación en los puertos del norte podría diversificar su dependencia energética y no depender únicamente del gas del gasoducto (o los gasoductos) de Rusia, con todo lo que ello implica.
Una cosa que ha demostrado esta crisis es que Rusia sigue reafirmando su condición de socio económico y comercial poco fiable. Lo que los rusos están haciendo con los países europeos en el asunto de las restricciones del gas no es de recibo en lo que atañe a las prácticas comerciales ortodoxas. Toda su actuación, aunque la niegue, parece orientada a castigar a Ucrania por su política prooccidental y sus crecientes lazos con la OTAN, además lógicamente de exigirle un precio más de mercado por el gas natural. Europa ha llegado a una situación de excesiva dependencia del gas ruso (también del petróleo, ya que más del 30% que consume Europa llega desde Rusia) que deberá corregir cuanto antes mediante un adecuado diseño de sus redes de abastecimiento, que pasan inevitablemente por la construcción de plantas de regasificación que permitirían importar gas natural licuado por barco desde los ricos yacimientos que las multinacionales europeas (sobre todo British Petroleum) tienen en América, en el Caribe y en otros puntos. Esta estrategia no se podrá ejecutar de forma inmediata, requerirá algunos años. Pero cuanto antes empiece mejor. Mientras no se haga seremos rehenes de Rusia.

