LA SOCIEDAD CIVIL SE PREGUNTA, preocupada, por la que parece irremediable ingenuidad del ser humano, su flaco sentido de la realidad y su estrategia de avestruz, escondiendo la cabeza cuando atisba el peligro, confiando en su destreza mimética, que por cierto, es de todo lo citado, lo único que hace con eficacia, solo comparable a su desfachatez. Nada de lo que parece capaz de hacer le sienta mejor que la hipocresía con la que se mira al espejo en donde nunca ve una sola arruga. Si además, se trata del humano occidental, rico y derrochador, avaricioso y maniroto, todas estas cualidades se amplifican y desbordan a causa de su despechado concepto de buscarse la vida, no buscarla, sino buscársela, empeño en el que no acepta límites ni cupos.
Hace relativamente poco tiempo que el hombre se ha dado cuenta, por impacto directo, ostensible, de la degradación del medio que le acoge, la cuesta abajo infinita y suicida en la que ha sumido el espacio vital. Hace poco que las ONG dedicadas a la concienciación medioambiental logran que sus mensajes dejen de ser asimilados como apocalípticos y exagerados y apenas algunos, poquísimos años, que se han sumado a la procesión algunos gobiernos, obligados mas por la presión social que por los resultados de las investigaciones científicas, mucho mas apocalípticas que los activistas.
Pero es que el hombre es ingenuo e irreal y cree que se puede intervenir en un sistema de millones de años y carácter fragilísimo y esperar que nada suceda, que lo aguante todo. Pero el burro de la cacharrería es el hombre y aunque la tozuda naturaleza se queje, el daño está hecho y la irreversibilidad del daño es directamente proporcional al intervencionismo irresponsable.
Los acuerdos por el clima siguen sin firmarse porque se está discutiendo a quien se le debe pasar la factura de los daños. Y como siempre, los ricos quieren que la paguen los pobres. Los países occidentales que inventaron el veneno universal del CO2 les quieren pasar la cosa a los países que están empezando a sacar la nariz de la pobreza, el hambre y las pandemias envenenando el aire como lo hicieron los otros. La cuestión sigue en el terreno de la ingenuidad pues, esta claro que no hay fronteras en el aire y los procesos fabriles nocivos cabalgan en los monzones y recorren el mundo entero desde los pestilentes ríos chinos a la bahía del Hudson.
¿Qué sucede que ante evidencias tan aplastantes, no se logra ni siquiera un asomo de acuerdo? ¿Es el hombre moderno un suicida irreductible?
Mas bien creo que vuelve a asomar de nuevo la peor naturaleza de lo humano, su infinito egoísmo. El hombre sabe que los procesos destructores y aún mas los correctores, trascienden la mas longeva vida humana y abarca varias, muchas de ellas, por lo que no nos toca en vida y al final se vuelve a la vieja máxima de "El que venga detrás que arreé". Mientras, el aire envenenado atraviesa las fronteras evanescentes de la ignorancia y la cobardía humanas. Matando.
Se queja el aire en tantos pulmones como estrellas. Noviembre

