por los esquemas sociales que se esconden tras las frases "hechas" que escucha a diario en su deambular vital. Las frases susodichas revelan sistemas de creencias resumidas en dos o tres palabras que, a veces con gracia y otras sin ella, nos apabullan con una información no demandada de gran valor sociológico. Una de las mas oídas, y a veces esgrimidas en el mercadeo preciso, es la de que "el cliente siempre tiene razón". Se dice cuando alguien protesta y el empleado se encampana. La frase resume a la perfección el espíritu comerciante. Pase lo pase, se diga lo que se diga, el que manda es el que paga. Otra frase alusiva al mismo espíritu es aquella de "quien paga ordena", aunque algo más radical. La frase viene a instaurar una relación comercial pervertida por la postura premeditada de preponderancia de quien compra y paga. En un principio, la relación entre quien vende y quien compra se supone que viene determinada, primero, por la disposición de uno a exponer a la vista para su eventual venta su producto y segundo por quien dispuesto a satisfacer una determinada necesidad se encuentra en disposición de verla cumplida con el producto expuesto. La situación viene derivada de la relación necesidad-expectativa de satisfacción. Sucintamente, el asunto estriba en la supuesta idoneidad del producto. En ese tránsito social no se distingue prioridad ninguna. Lo que parece que significa la preeminencia del concepto de que el cliente siempre tiene razón es la disposición a vender el producto al precio que sea. Independizado de su valor intrínseco, sólo revestido de su función objetual, no funcional. "El buen paño en el arca se vende", rezaba el viejo adagio manresano, y venía a decir que no se precisaba para vender la manta que el hecho de que alguien necesitara de ella y la calidad de ésta cumpliera las expectativas.
En estos tiempos que corren ya sabemos que ningún paño, por excelente que pueda ser, se vende si no lo mostramos fuera del arca. Estamos rodeados de clientelismo. Tengo un amigo con unos kilos de más, que después de acompañar a su santa al mercado un día, va desde entonces cuantas veces sea preciso. Dice que nunca le habían llamado tantas veces guapo, rey, hermoso, galán o mi niño. No me extraña.
Esta sociedad es clientelista y los clientelismos se propagan desde el mundo económico al político, social, cultural o educativo. Un espacio en el que el sabio Ángel Gabilondo. Experto en gestión universitaria y hombre de bien, deberá trabajar. La escasez de alumnos amenaza con clientelizar la enseñanza de modo que reine el culto al alumno-cliente con razón perenne. Los pasos dados por las Universidades para fidelizar a su alumnado y captar nuevos alumnos peligran por pasar al "todo vale". Espacio donde con seguridad todo queda inválido. Y no es un jueguecito de palabras.

