Van pasando los días y en uno de ellos, enciendes la tele y ¡zas! ahí están: son los fascículos que anuncian la llegada del principio de curso.
Este producto que tuvo épocas de mayor esplendor, no deja de ser una bonoloto que se montan los editores. Por no hablar de una ruleta rusa. Si aciertan, todo perfecto, pero si no les acompaña el éxito el batacazo es monumental y lo peor es que lo comparten con imprentas y otras empresas.
El asunto funciona así: se elige un tema en función de diversas causas entre las que predomina la intuición. Una vez decidido se programa una fuerte inversión publicitaria y el día del lanzamiento, a un precio promocional se ofrece el número 1, el 2, las tapas, si es preciso, otras tapas y la cerveza, la entrada a un piso y por ejemplo un matasuegras. Aunque sólo sea por eso, la gente lo compra.
A la semana siguiente, la venta se reduce en más de un 50% y el editor comienza una novena a la virgen de su devoción, ya que todavía tiene un margen para que el asunto le sea rentable. Si en la tercera semana el tema se estabiliza en una cifra bastante menor pero todavía adecuada, se celebra una verbena. Si eso no ocurre, la verbena se cambia por una austera reunión en algún despacho de abogados con autores, imprentas y agencias de publicidad.
Como dicen las escuelas de negocios (y la sabiduría popular) la idea básica es no poner todos los huevos en la misma cesta. Así que lo normal es realizar varias colecciones. Y ahí reside un grave problema. Las bibliotecas de los salones están ya saturadas de fascículos encuadernados que tratan sobre todas las guerras habidas, enciclopedias, atlas, historia, música, ópera, pinturas, idiomas, etc. y para colmo la tendencia en decoración apunta hacia el minimalismo. Por ello existe una cierta limitación en la cuestión de la superficie dedicada a los libros.
Esto ha agudizado la imaginación de nuestros editores y ahora se dedican a otros temas más dirigidos a los variados cuartos de los hogares españoles; juguetes para el de los niños, miniaturas para una vitrina en el recibidor o vajillas y cuberterías para la cocina. Todo ello complementando una colección de prestigio cuasi científico como puede ser “el apareamiento de los animales” o algo similar.
Pero aparte de estas reflexiones, para mí insisto que los fascículos mantienen un simbolismo muy claro: son la señal de que el curso va a empezar. Así que es el momento adecuado para desearles a todos ustedes mucha suerte en esta nueva temporada.
Espero que coleccionen en este curso buenos momentos. Si es necesario los pueden encuadernar.

