Estamos asistiendo a una extraña y absurda prueba de resistencia política entre Zapatero y Rajoy. El jefe del Gobierno está agontando los días, y la paciencia ciudadana, en el inútil empeño de mantener en sus cargos a este Gobierno exhausto que está suplicando su relevo. Mientras, el líder de la oposición se niega a enfrentarse a los graves problemas de credibilidad y desprestigio que la trama de Francisco Correa está provocando en el PP. Uno y otro hacen como si estuvuvieran aguantando la respiración bajo el agua, a ver si alcanzan el campo de batalla de las elecciones europeas del próximo mes de junio, sin haber sufrido graves heridas ni serias pérdidas en sus respectivos estados mayores antes de la anunciada contienda.
Va a ser muy difícil que Zapatero y Rajoy pueden soportar la presión sin cortar cabezas a su alrededor. Especialmente, el presidente del Gobierno, porque la inoperancia política y el desprestigio económico del Ejecutivo no sólo le afecta a él y a su partido -como hemos visto en las elecciones gallegas y vascas- sino que daña y aumenta la difícil situación económica y social española. Las que pueden hacer coincidir la campaña electoral europea con una serie de estallidos empresariales en cadena, huelgas y serios problemas en las entidades del sistema financiero, ofreciendo una imagen de desolación y desconcierto como la que empieza a instalarse en nuestra sociedad.
Si la confianza es un elemento crucial para la reactivación económica, no cabe la menor duda de que una crisis de Gobierno en profundidad (política y económica) debería de ponerse en marcha en los próximos días, antes o después del Viernes Santo, porque este Gobierno no dá mas de sí. Y sus máximos exponentes de la política, la vicepresidenta De la Vega, y de la economía, el vicepresidente Solbes, están sufriendo una penosa situación de desgaste y desconcierto. La primera riñendo a los ministros y dedicada a obras propias de una ONG, y Solbes sufriendo un verdadero calvario en lo personal. Y ya no es que apenas se le entienda nada de lo que dice en sus apariciones públicas, es que ya ni se le oye su débil y confuso hilo de voz, lo que provoca más inquietud que otra cosa, incluso por su salud.
Y si grave parece que, en las actuales circunstancias, el responsable de la economía esté destrozado y pidiendo a voces su relevo -envidiaba el cese del furtivo ministro Bermejo, días atrás-, no menos grave resulta la crisis del flanco político de este Gobierno que debe rectificar en el País Vasco -y en el resto de las Autonomías con presencia nacionalista- la que ha sido su política de la "España plural", o federal/confederal, uno de los mayores disparates de Zapatero, que aún está pendiente de la decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán. Mientras en el País Vasco el PSE se dispone a pactar con el PP la expulsión del PNV de su paraíso terrenal, tras treinta años de gobierno y ocupación de las instituciones y empresas públicas de esa región.
Abriendo en el seno del PNV la que será una crisis importante similar a las que los resultados electorales provocaron en Eusko Alkartasuna, o en EB-IU, y no digamos en Batasuna, todo el arco nacionalista que cayó en la trampa confederal de Zapatero, y en su fallida negociación con ETA. Como cayó y está en crisis el BNG en Galicia, la Esquerra en Cataluña, y CiU todavía lamiéndose las heridas de su pacto estatutario con Zapatero.
Pero el presidente "confederal" que llevó a sus socios nacionalistas al precipio confederal para empujarlos al vacío sin piedad ahora teme que sean los nacionalistas los que lo expulsen del poder, con unas elecciones generales anticipadas, para evitar que este presidente -como empieza a hacerlo- se presente ante los ciudadanos como como el españolista y "matador" del PNV en Euskadi, envolviéndose en la bandera nacional que devaluaba durante las visitas desafiantes de Ibarretxe a la Moncloa.
De ahí que tenga sentido que, en la próxima crisis de Gobierno, Zapatero incluya un vicepresidente menos contaminado y con más fuste político que María Teresa Fernández de la Vega, que ha sido cómplice decidida en las aventuras confederales del presidente, sin ninguna brillantez ni la menor autoridad -sus apariciones parlamentarias son lamentables-, lo que intenta disimular riñendo, ahora e in extremis, a los subsecretarios del Gobierno, porque lo suyo y lo que de verdad le gusta es el feminismo y las obras de caridad en el Tercer Mundo, de ahí habría que habilitarle un ministerio ad hoc de la Igalidad y la Cooperación Internacional.
Y no cabe duda de que el principal responsable de todo esto es Zapatero y que, si existiera el menor atisbo de democracia interna en el PSOE, su partido debería exigir su renuncia como presidiente del Gobierno y secretario general. Y algo muy parecido deberían hacer hoy con el vicesecretario general, José Blanco, que es el primer responsable de la derrota de PSOE en Galicia y director de su campaña electoral. Pero eso es mucho pedir, y tendría gracia que, tras el fracaso gallego, Blanco fuera premiado con un alto cargo en Moncloa.
Pero Blanco no es el único que aspira a posicionarse a la derecha de este Zapatero en apuros. Rubalcaba, que tiene revuelto el patio policial, aspira a mucho más o se irá, a sabiendas de que está en inferioridad de condiciones frente al núcleo de los amigos íntimos del presidente, donde se integran Barroso, Chacón -ministra con mucho marketing y muy poca cabeza, que dijo que los ejércitos de Estados Unidos se deben poner a las órdenes de la ONU (sic)-, De Paz, Gómez Navarro y algunos otros.
Pero a Rubalcaba, al igual que Blanco fracasó en Galicia, ahora se le imputa la descoordinación del famoso caso de Correa, la 'operación Gürtel' contra el PP, donde el ministro de Interior pudo ejercer las labores de estratega y "filtrador" de la información, de acuerdo con la fama de manipulador que le acompaña, y no sólo desde la agitada noche electoral del 2004, tras los atentados del 11-M. Pero a Rubalcaba, la obscena cacería de Bermejo con Garzón, la fiscal y el jefe de la Policía Judicial en una franca conspiración anti-PP, y en plena filtración del sumario, le estropeó el despegue de esta operación -que sigue su curso y causando estragos en el PP-, con lo que, a su inicio se neutralizó, o se volvió contra ellos, por ejemplo en Galicia.
Zapatero tiene sobrados motivos para hacer la crisis del Gobierno y quitar cuatro o cinco ministerios que desde luego sobran: Vivienda, Tecnología, Igualdad, Educación y Administración Territorial. Y no digamos a ciertos ministros -empezando por los dos vicepresidentes- como Álvarez, Aído, Sebastián, Moratinos (después que se haga la foto con Obama), etcétera. Lo que no sabemos es cómo y con que criterios va a componer Zapateo su gabinete: si sigue utilizando el sistema de cuotas de sexo (con plus de embarazo), Autonomías y amistades estaremos ante un simple maquillaje, cuando lo que hace falta es la competencia como único argumento para ocupar un sillón ministerial, reforzada por un cierto empaque político en este tiempo de elecciones -que los nacionalistas pueden adelantar- y de extrema tensión social en la que la estrella de Zapatero ha comenzado a declinar.

