Un cierto optimismo parece instalarse en el Gobierno y en medios financieros con respecto a la crisis económica que nos invade. Así se han expresado en las últimas horas varios miembros del Gobierno, como el titular de industria, Miguel Sebastián, e importantes responsables financieros, como el presidente del BBVA, Francisco González, y la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, coincidiendo todos ellos en la idea de que la crisis financiera, económica e inmobiliaria parece tocar fondo y que todo apunta a que la recuperación de la economía española podría estar más cerca de lo que esperábamos. Se ha llegado a decir que incluso a finales del presente año se podría ver algo de luz al final del largo túnel en el que todos estamos inmersos. Y ojalá que no se equivoquen, porque una recaída podría tener efectos demoledores.
La ola favorable al optimismo parece que viene de América, de Estados Unidos, la máquina del tren cuyo arranque definitivo se espera con ansiedad a una y otra orilla del Atlántico. Y muchas son las esperanzas que están puestas en la próxima cumbre del G-20 de Londres a principios del mes de abril, donde, además del estreno del presidente Obama en el territorio europeo, se tiene la esperanza en que los americanos y los europeos acorten sus diferencias sobre el modelo y la lista de medidas que se han de tomar con urgencia para relanzar la economía internacional.
De hecho, este renacer del optimismo político y económico puede ser el preámbulo de esa convocatoria londinense y la causa a la que están dedicados muchos gobiernos europeos, aquí incluido el español, para recuperar la necesaria confianza en las instituciones y el sistema financiero con el objetivo de crear un hábito favorable para agilizar las inversiones y reactivar el consumo.
Entre los argumentos que se manejan figuran las noticias que hablan de que la crisis inmobiliaria de Estados Unidos podría estar tocando fondo, y en consecuencia también la europea, aquí incluida la española de una manera particular. Aunque no estaría nada mal que todo ello estuviera envuelto en una obligada prudencia para no echar las campanas al vuelo de manera precipitada, no vaya a ser que estemos ante un espejismo y que el oasis que algunos presienten e incluso creen ver no quede reducido a una momentánea ilusión, porque de fracasar esta apertura del cielo azul en el negro horizonte de los pasados meses la situación podría ser incluso peor que la que teníamos antes.
Buena prueba de que algo se mueve o de que la esperanza hacia un tiempo mejor avanza lentamente está en la recuperación de los mercados bursátiles occidentales, incluido el español, y a tan sólo pocos días de que el pánico circulara entre las distintas plazas inversoras de los países europeos, como ocurrió también en España días atrás.
Ojalá que las buenas noticias de las que se habla se vayan convirtiendo en realidad y que los dirigentes políticos y los principales gestores financieros y empresariales puedan ofrecer en las próximas semanas propuestas e iniciativas de calado y de estabilidad como las que se esperan de la cumbre del G-20. De no ocurrir esto habríamos dado un gigantesco paso atrás ahora que parece que se empiezan a dar tímidos pasos hacia delante. En el caso español sería muy importante que el Gobierno y el primer partido de la oposición hablaran un mismo lenguaje apartando las disputas políticas e ideológicas, porque lo que está en juego es mucho y afecta al interés general.

