Ha dicho el presidente del PP, Mariano Rajoy, ante dirigentes y militantes de su partido que "él garantiza la unidad y la cohesión del PP, pase lo que pase", lo que podría significar "caiga quien caiga", según los optimistas del PP, que creen llegada la hora para que la dirección nacional haga frente al desafío permanente de Esperanza Aguirre, lo que sin lugar a dudas está por ver. En realidad, Rajoy ha sido incapaz, en los más de cinco años que lleva al frente del PP -desde finales del 2003- de garantizar la unidad y cohesión del PP. Más bien al contrario, con su indolencia o cálculos interesados, ha sido el propio Rajoy quien ha consentido o alentado los problemas. Pero ahora ve que la crisis abierta en el PP de Madrid le afecta directamente a él y pone en tela de juicio no sólo su autoridad sino su presente y futuro en la vida política, de ahí que lo del "pase lo que pase" pueda ser interpretado por algunos observadores de su entorno como un ultimátum a Aguirre.
Naturalmente, el caso de los dirigentes del PP espiados, Prada, Lapuerta y Cobo, al parecer desde la Comunidad de Madrid, unidos a la permanente desestabilización de la dirección del PP -por ejemplo, ante la reforma de la financiación autonómica-, la batalla de Caja Madrid y crecientes sospechas de corrupción en dicha Autonomía, podrían haber colmado la paciencia de Rajoy para con Esperanza Aguirre. La que ayer, tras la sesión de besos de Judas mutuos protagonizados por ella y el alcalde Gallardón, declaraba al diario ABC que el PP hace mal su labor de oposición, señalando que "lo de criticar al Gobierno está muy bien, pero el PP tiene que decir lo que se debe hacer". Añadía, complicando con ello la estrategia de Rajoy, que "a lo mejor hay que estudiar un gobierno de concentración" con el PSOE, y para que nada faltara volvió a amenazar al alcalde Gallardón con llevarlo a los tribunales: "Rectifica o tendrá que vérselas con nosotros en los tribunales".
De hecho, la decisión de Rajoy de encargar a Cospedal una investigación sobre el espionaje de altos cargos del PP parece una señal, aunque puede también que todo ello forme parte de una estrategia para cerrar el caso lo antes posible. En realidad, quien debería abrir dicha investigación es la propia Aguirre, y si no lo hace es o porque sabe demasiado de todo ello o, simplemente, porque teme el resultado de dicha investigación, o que los suyos -por los que ha puesto la mano en el fuego- aparezcan tocados en el caso de los espías. De ahí su insistencia y la de sus colaboradores de que sea la Fiscalía la que lleve el caso, convencidos de que nadie logrará llegar al núcleo duro de esta indecente operación, porque los seguimientos y los informes existen, e incluyen datos ciertos. Luego alguien los hizo. El caso del espionaje de los viajes del vicepresidente I. González puede responder a otras tramas que al parecer buscaban datos de presuntas corrupciones.
Las excusas dadas por Aguirre y sus consejeros para justificar el escándalo en curso han sido muy variadas: primero era para tapar la crisis económica con la que no puede el Gobierno de Zapatero; luego para dañar al PP; más adelante para derrocar a la propia Aguirre; y finalmente porque el diario El País busca desestabilizar al Gobierno autonómico con el objetivo de recibir financiación de Caja Madrid para solucionar su endeudamiento económico.
Pero lo cierto en todo ello, y a pesar de algunos errores de forma o fondo en esta investigación del diario El País, es que se espió a unos dirigentes del PP a los que se les supone: una enemistad con los planes de Aguirre para su ansiado asalto a la presidencia del partido; o la autoría de denuncias dentro del PP en relación con la presunta corrupción de cargos de la Comunidad de Madrid. Y aunque Aguirre, como sus consejeros González, Granados y Güemes, nieguen todo, aparenten firmeza, amenacen con los tribunales y ataquen a los mensajeros de El País, su presunta seguridad parece estar más cerca del descaro que de la verdad, y no consigue disimular el temor de que alguien, en el proceloso mundo de los espías, acabe desvelando todos los objetivos y jefes de la trama de los espías madrileños. Entre los que no hay que descartar que exista algún infiltrado del Ministerio de Interior, del CNI, o incluso de algún servicio de seguridad despechado con el favoritismo de contratación descubierto en el seno de esta Comunidad, como se ha visto en el Canal de Isabel II.
¿Cómo acabará todo esto? Nadie lo sabe al día de hoy. Pero, de momento, el escándalo ha dinamitado el arranque de la precampaña electoral del PP ante las elecciones gallegas y vascas, y puede dañar incluso los comicios europeos. Los principales candidatos del PP en estas citas, que estuvieron ayer en Madrid, se han visto eclipsados por el escándalo. Asimismo, estos disparates -unidos a las intrigas de Aguirre tras la derrota electoral del PP en el 2008 y en vísperas del congreso del partido en Valencia- han dañando la imagen de Aguirre, como lo prueban las encuestas, y ponen en peligro la continuidad del PP al frente de la Comunidad de Madrid en el 2011.

