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Michael Gerson

Michael Gerson

La educación de un presidente

28/01/2010 | 15:03 h.

Una de las explicaciones más amables del fracaso del primer año del presidente Obama es que su agenda simplemente era demasiado ambiciosa. Al igual que Bill Clinton con la reforma sanitaria o George W. Bush con la reestructuración de la seguridad social, Obama consideró que, en palabras del columnista Ron Brownstein, "las grandes cruzadas legislativas destinadas a abordar grandes problemas nacionales sólo producen grandes quebraderos políticos de cabeza". La culpa, desde este punto de vista, se encuentra en un sistema político polarizado que castiga a los audaces.

Obama, desde luego, sobreinterpretó su mandato. Su big bang crujió y se desinfló igual que un cohete un 4 de Julio lluvioso. Pero el problema principal de su agenda no era su audacia, sino su previsibilidad total. A cada decisión interna crucial del principio de su presidencia, Obama suscribió, o mostró deferencia hacia, un progresismo legislativo convencional sin adulterar. Su principal logro legislativo -el paquete de estímulo- se modeló más en función de las exigencias erógenas de gasto del Congreso que siguiendo cualquier teoría económica. Su plan de sanidad asequible imponía controles del gasto principalmente a través de la regulación pública.

Una propuesta de reforma sanitaria que intentara alcanzar fines similares a través de los mecanismos del mercado -proporcionar a los particulares un incentivo para controlar el gasto- habría dividido a los republicanos y garantizado su aprobación. Los proyectos de la Cámara y el Senado consolidaron a los republicanos en su oposición a que el Gobierno fijara los precios y a la perspectiva del racionamiento.

El principal problema del Gobierno es el siguiente: no ha aportado una sola idea bipartidista innovadora en un tema importante en todo su primer año en el cargo. En su lugar, se apoyó en su mayoría en el Congreso para imponer un desgastado progresismo. Pero el Partido Demócrata en sí era demasiado diverso ideológicamente para que este enfoque tuviera éxito. Sus divisiones internas redujeron la marcha legislativa Reid/Pelosi hasta que el Estado de Massachussets -nada menos- la detuvo por completo.

El papel de Obama en todo esto es difícil de apreciar. O es un pragmático que siempre parece elegir el progresismo convencional, o bien es un progre que se hace pasar por pragmático. Poco importa. Obama ha polarizado al electorado de una manera sin precedentes. Una encuesta Gallup reciente se producía una brecha del 65 por ciento entre demócratas y republicanos en su aprobación de la labor de Obama, la mayor registrada nunca por ningún presidente en su primer año en el cargo.

Como candidato, Obama instó a dar un vuelco al bushismo. La práctica del obamismo ha consistido en deshacer el clintonismo. Todas esas lecciones de la era Clinton -demostrar responsabilidad fiscal, apelar a las preocupaciones de la clase media, mostrar un respeto simbólico al conservadurismo moral y las opiniones relativas al control estricto de la delincuencia- se descartaron en medio de la emoción de la esperanza y el cambio.

Algunos demócratas ahora quieren desesperadamente que el presidente retroceda aún más: pasado Clinton, directamente a Huey Long. Ser el azote de los peces gordos; redistribuir la riqueza equitativamente. Pero el populismo no auténtico en un político es tan dolorosamente obvio como un niño que intenta hacer pucheros. En su estilo populista, Obama parece estar de mal humor, ofendido y sorprendido por las opiniones de su propio país. Y, como descubrió el presidente la semana pasada, los ataques al sector financiero y la imposición de impuestos a los bancos tienden a asustar a los mercados. A diferencia de Obama, Huey Long no fue responsabilizado de pérdidas millonarias en los planes de jubilación sostenidos por carteras de inversión.

El consejo más serio es que Obama vuelva al clintonismo. Ésta parece ser la teoría de la reciente presentación por parte de Obama de la congelación del 17 por ciento del presupuesto federal, y su paquete de ayuda a la clase media, que incluye deducciones fiscales por hijo y aportaciones más sencillas a las cuentas de la jubilación.

En circunstancias normales, estas propuestas moderadas y pequeñas serían prometedoras. En mi pasado político impulsé ideas parecidas en los discursos del estado de la nación de Bush. Pero no es momento para clintonismos. El estancamiento económico y las perspectivas de inflación causada por la enorme deuda abruman este tipo de enfoque político.

La necesidad más imperiosa es la creación de empleo, que no tiene nada que ver con las prioridades típicas de la legislación laboral demócrata. En diciembre, la Casa Blanca celebró una reunión "del empleo" a la que los principales colectivos de la pequeña empresa fueron simbólicamente no invitados. La Cámara aprobó un proyecto de ley "del empleo" que repitió el paquete de estímulo: subida del gasto público en infraestructuras, prestaciones por desempleo y salarios de los docentes. El representante demócrata de Nueva York, Dan Maffei, dijo: "El proyecto de ley que aprobamos en la Cámara, no creo que fuera real. Era todo gasto, no había bajadas de los impuestos".

No es suficiente que el presidente argumente que la reforma sanitaria es en realidad un programa de empleo, ni que la política energética creará empleos verdes. La creación de empleo depende de un sector privado vigoroso, que exige una mejor atmósfera para la creación de pequeñas empresas y la expansión, lo que significa menos regulaciones e impuestos más bajos, especialmente los de rentabilidad de la inversión. Creación de riqueza es creación de empleo.

Este enfoque es más Ronald Reagan que Huey Long. Su adopción sería una muestra de la seriedad de Obama en un momento delicadísimo.

© 2010, Washington Post Writers Group

28/01/2010 | 15:03 h.

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