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La reforma laboral, aprobada por decreto ley

Michael Gerson

Michael Gerson

Uniforme de faena bajo la capa del mulá

02/12/2009 | 15:03 h.

Con el fallo de la decisión de Afganistán, vamos a ver ahora si un presidente remiso es capaz de convencer a un Congreso remiso y de persuadir a una nación remisa a aceptar sacrificios adicionales en tiempos de guerra. Pero la Administración debe sentirse aliviada. El mero hecho de elegir libera tensiones acumuladas igual que liberar la cuerda de un arco, con independencia de dónde acaba la flecha.

El alivio, sin embargo, durará muy poco. Coincidiendo con la decisión de Afganistán, Irán ha entrado en la toma de decisiones irrevocables acerca de su programa nuclear. Ha terminado por zafarse del acuerdo que habría trasladado la mayor parte de su inventario de uranio al extranjero para ser refinado con vista a fines pacíficos. Tras la censura a Irán por parte de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA), su presidente Mahmud Ahmadineyad anunciaba la próxima construcción de 10 instalaciones adicionales de enriquecimiento nuclear. El Parlamento de Irán aprobaba una resolución instando a la cooperación limitada con la IAEA. El ayatolá Ahmed Jatami pronunciaba un sermón en la Universidad de Teherán en el que prometía que Irán fabricaría su propio uranio de elevado enriquecimiento "para la investigación médica".

Es un régimen ya en total desafío a las exigencias internacionales, que busca el avance definitivo en la capacidad armamentística nuclear.

En conclusión, ¿han fracasado los esfuerzos diplomáticos del presidente Obama? ¿No fueron lo bastante dulces sus edulcoradas palabras? En realidad no, porque la presente crisis no tiene nada que ver con su capacidad de persuasión o su ausencia de ella. Está provocada por la dinámica interna de Irán, que parece inmune a las racionales ofertas y contraofertas de la diplomacia.

En Irán estamos siendo testigos de la consolidación de una dictadura militar. Desde la revolución iraní de 1979, los líderes religiosos del país han tenido un brazo militar -la Guardia Revolucionaria- que ha hecho las veces de agentes del orden ideológicos. Patrullan Teherán, organizan fuerzas paramilitares, administran en la práctica las elecciones iraníes, dominan enormes sectores de la economía, controlan los sistemas balísticos, canalizan el apoyo internacional de Irán al terrorismo, controlan el arsenal químico y biológico de Irán y estarán a cargo de la bomba nuclear iraní. Ahmadineyad y muchos líderes más fueron oficiales de la guardia en el pasado.

Pero en respuesta a las masivas manifestaciones tras las elecciones fraudulentas del pasado junio, el control de la Guardia se ha ampliado integralmente. El Líder Supremo ayatolá Alí Jamenei reorganizaba recientemente los servicios de inteligencia de Irán con idea de depositar en la Guardia el papel director -claramente temeroso de que las agencias regulares de inteligencia no fueran de su confianza-. La Guardia ha asumido mayores competencias sobre los medios iraníes. Está agravando la censura de internet y destacando a instructores de la milicia en la educación básica. Los expertos en Irán debaten ya si la Guardia está por completo bajo el control de Jamenei o si puede estar más allá de cualquier control.

La teocracia de Irán se ha convertido en una junta militar camuflada bajo una fina capa de religión. Hay uniformes bajo las capas clericales. En la cuestión nuclear, la principal duda es: ¿cree este régimen que el armamento nuclear va a ayudar a garantizar su supervivencia? Existen razones para pensar que sí lo cree. A medida que los desórdenes callejeros acaecidos desde junio evidenciaban la vulnerabilidad del régimen, éste aceleraba su programa nuclear. Falto de legitimidad y temeroso de una revolución popular, el Gobierno militar de Irán parece creer que la bomba le granjeará influencia y permanencia. No es un cálculo irracional.

Bajo este prisma, la política de Obama de imponer plazos de cooperación que son violados con total impunidad y tender continuamente la mano del diálogo después de que es rechazada una y otra vez, resulta tan débil como irrelevante, pero las alternativas no son fáciles ni obvias. El aislamiento económico impuesto a Irán es pertinente de nuevo. Pero ello exigirá que un buen número de naciones que no son de fiar sacrifiquen considerables intereses económicos en Irán, algo a lo que se han mostrado ya antes totalmente reticentes. Las opciones militares directas son inciertas y cuentan con la oposición del propio ejército. Es difícil imaginar que Obama, el Gran Deliberador, vaya a tomar medidas que George W. Bush consideró demasiado arriesgadas.

Pero las implicaciones de un Irán nuclear para la seguridad pueden ser más importantes que el fracaso en Afganistán. Irán es una potencia revolucionaria inestable con ambiciones globales y vínculos terroristas. La proliferación nuclear no puede ser más peligrosa en estas circunstancias.

Existe, sin embargo, una opción que no se ha intentado. Hasta el momento, el presidente ha considerado, según parece, el actual levantamiento democrático en Irán como un problema para el diálogo. La Administración ha reducido la financiación a los programas de derechos humanos en Irán y mira para otro lado mientras los opositores en el exilio del régimen iraní han sido objeto de ataques dentro de Iraq.

Además de la presión militar y económica, Obama podría adoptar la estrategia a la que más miedo tiene el régimen: apoyar, abierta y encubiertamente, a la resistencia democrática contra la dictadura militar. No por idealismo, sino por realismo. Ello constituiría una herramienta de presión sobre el régimen iraní, en un momento en que la influencia estadounidense es limitada. Y ello podría precipitar el retorno del control civil dentro del propio Irán, de forma que Estados Unidos pudiera tener un socio real en las negociaciones.

© 2009, Washington Post Writers Group

02/12/2009 | 15:03 h.

Michael Gerson

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